Señor, Enséñanos a Orar

Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

Hace unas semanas, un orador invitado visitó nuestra iglesia y nos brindó una perspectiva interesante sobre la Oración del Señor. Tomada línea por línea, nos mostró cómo se puede convertir en algo que nosotros conocemos de corazón y podemos recitar sin pensarlo, a una discusión personal y apasionada con el Señor la cual puede durar todo el tiempo que queramos. Se hace de la manera siguiente:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre
Solamente los creyentes pueden llamar a Dios “Padre nuestro”. Juan 1:12 dice que todas aquellas personas que creen en Jesús tienen la autoridad de ser hijos de Dios. Los incrédulos no tienen esa autoridad. Nosotros no podemos escoger nuestros padres terrenales, pero a través de Jesús, sí podemos escoger a nuestro Padre Eterno, y Su Nombre es Santo, digno de toda reverencia y veneración. Él es nuestro Creador y nuestro Redentor, nuestro Señor y nuestro Salvador. Él es el autor de todas nuestras victorias, el dador de todo bien y de toda dádiva perfecta. ¿Estamos utilizando lo suficiente de nuestro tiempo de oración reconociendo la majestad de Dios, y Su santidad?

Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra
Aquí oramos por el pronto retorno de nuestro Señor y para que todo el mundo se una de nuevo detrás de Su voluntad, desde los líderes en nuestras congregaciones, hasta nuestras familias y finalmente a nosotros. Oramos especialmente para que Su voluntad sea la fuerza que dirija nuestras vidas, guiándonos en los caminos que nos llevan más cerca de Él y que le sean agradables y aceptables a Sus ojos. Ponemos delante de Él todas nuestras esperanzas y sueños y le pedimos que los forme a los Suyos, que aumente nuestro deseo para las cosas que Él desea para nosotros, y que disminuya nuestro deseo por las cosas que Él no desea para nosotros. Le pedimos para que nos dé una perspectiva más eterna y menos terrenal.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy
Esto lo reconoce a Él como Jehová Jireh, Dios es nuestro proveedor. Cuando alimentaba a los israelitas en el desierto, cuando alimentaba a las multitudes en Galilea, de la misma forma nos alimentará a nosotros, y más que eso, Él proveerá para todas nuestras necesidades. Nosotros podemos creer que eso lo hacemos por nuestros propios medios y destrezas, pero, ¿quién cree usted que le dio esas habilidades? (Deuteronomio 8:17-18). Y si Él conoce y satisface las necesidades de las flores y de los pájaros, ¿cuánto más no hará lo mismo para nosotros? (Mateo 6:33). Déle gracias por Su abundante provisión.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores
1 Juan 1:8-10 dice que si nosotros pensamos que no tenemos pecado nos estamos engañando a nosotros mismos, pero si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Al buscar el perdón nosotros también debemos extenderlo. Ya sea que esté justificado o no, el guardar enojo o resentimiento en contra de un hermano es pecado y nos coloca fuera de la comunión con Dios. Entonces no podemos pedir que seamos restaurados a Él hasta que nos perdonemos los unos a los otros. Le pedimos que perdone a todas aquellas personas que nos han hecho daño y que perdone nuestro enojo y resentimiento.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal
Santiago 1:13 dice que Dios no puede ser tentado, como tampoco tienta a nadie, pero que cada uno de nosotros es tentado cuando nuestros malos deseos nos atraen y nos arrastran. La intención de este versículo es el de pedir la protección de Dios en contra de las tentaciones que evocamos del demonio en nuestras mentes, como también las que nos presenta Satanás que bien sabe cómo atraernos.

Pidan, Busquen y Llamen
Cada una de estas frases se pueden ampliar desde un pedido personal a una oración intercesora para los miembros de la familia y otros seres queridos, colegas del trabajo, miembros de la iglesia, líderes, etc. La lista es casi interminable, limitada en su mayor parte por el tiempo y los sentimientos. Pero eso no es todo lo que la Biblia tiene que decir sobre la oración. Mateo 7:7-11 dice que “Todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. Si nosotros que somos malos sabemos como dar buenos regalos a nuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre Celestial dará buenos regalos a quienes se lo pidan? En la parábola de la viuda persistente, el Señor mostró que aun los incrédulos y la gente sin cuidado, recompensará la persistencia, por lo que debemos mantenernos orando y nunca darnos por vencidos (Lucas 18:1-8). 1 Tesalonicenses 5:17 lo indica de manera simple y poderosa: Orad sin cesar.

Oh Hombres de Poca Fe
Pero cuando oremos debemos hacerlo con la fe de que el Señor escuchará y responderá a nuestra oración. En Mateo 21:22 el Señor pronunció una sorprendente bendición. “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. Pero eso no es tan simple como parece. Veamos Santiago 1:6-8. “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”.

Y Santiago también nos dice que consideremos nuestras intenciones cuando pedimos. “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:2-3).

Dios no es algún genio salido de una botella que llega a nuestras vidas para darnos todos los deseos infantiles que tenemos. Él vino para que tengamos vida en abundancia, pero eso no significa que debemos actuar siguiendo todos nuestros caprichos. Con los privilegios que Él nos ha dado debemos actuar con toda responsabilidad.

La Gran Transformación
Él nos dijo que renovemos, o hagamos nueva, la actitud de nuestras mentes (Efesios 4:23) y que nos transformemos no conformándonos a la manera del mundo (Romanos 12:2). ¿Quiere usted ser liberado de la tensión y la ansiedad que salen de esa montaña de deudas y ser aliviado de la incertidumbre de su vida? Usted puede ser más feliz, más sano, más rico y más libre, si solamente usted pone estos dos versículos en acción. Créame, yo se. Yo he buscado en la vida a ambos lados de la ecuación, y ya no queda ninguna duda en mi mente de cual es el mejor lado, y no solamente en el sentido eterno. Estoy hablando del aquí y el ahora.

Entonces, ¿cómo debemos orar? ¿Y de dónde sacamos la fe a la que se refiere el Señor? Para la respuesta a ambas preguntas, veamos Filipenses 4:4-7:

Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Pablo utilizó la misma palabra en Filipenses 4:4 y en 1 Tesalonicenses 5:17. Siempre, que quiere decir continuamente, sin cesar. Regocijaos sin cesar. Nosotros tomamos tantas de nuestras bendiciones por sentadas y nunca pensamos darle gracias al Señor por Su generosidad. El primer paso para una oración más eficaz es aprender dar gracias por todo. Eso nos hace sentir mejor sobre nuestra situación, complace al Señor, y nos recuerda de cuántas veces nuestras oraciones han sido respondidas. La clave para tener una fe que mueve montañas es reconocerlo a Él cada vez que pedimos y que recibimos. Nosotros empezamos pidiendo cosas pequeñas y cuando las recibimos le damos gracias y así somos alentados para pedir cosas más grandes. Y ciertamente, también las recibimos. Y así una y otra vez. Dándole las gracias por cada oración respondida fortalece nuestra fe y la convierte en una fortaleza inconmovible.

Mi paráfrasis favorita de este pasaje me recuerda “no preocuparme por nada, orar por todo y dar gracias en todo”. Siguiendo este consejo nos hace más gentiles porque no permitimos que las incertidumbres nos pongan nerviosos o nos frustren. La paz de Dios que sobrepasa nuestra situación mantiene nuestros corazones y nuestras mentes tranquilamente porque sabemos que Él está respondiendo a nuestras oraciones. Como alguien me escribió una vez, nosotros “debemos dejar de decirle a Dios lo grande que es nuestra tormenta, y en vez de eso decirle a nuestra tormenta lo grande que Dios es”.

¿Qué es lo que el Señor Quiere de Nosotros?
Ningún estudio sobre la oración está completo sin hacer una referencia a mi versículo favorito en toda la Biblia. “Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:4). Para mí, este es el secreto de poder obtener lo que uno necesita y lo que uno quiere.

Jesús nos dijo que si nos concentramos en buscar Su Reino y Su justicia, Dios proveerá todas nuestras necesidades (Mateo 6:33). Esto lo podemos hacer al nacer de nuevo. No existe otra manera de poder entrar en el Reino, y no existe otra manera de poder ganar Su justicia. De hecho, Pablo nos dice que la rezón por la que Jesús murió es para que pudiéramos tener la justicia de Dios (2 Corintios 5:21). Se nos impone por la fe.

En el Salmo 37:4 se nos dice que nos deleitemos en el Señor. La palabra hebrea traducida deleitarse quiere decir delicado, delicadeza, mimado. Si nosotros se lo permitimos, el Señor nos mima, realmente Él lo hace. El tema del Salmo es confiar en Él en lugar de preocuparnos por lo que les sucede a los demás. Nos dice que comprometamos nuestros caminos a Él y que esperemos pacientemente para que Él conceda nuestros deseos.

Para mí, el conceder los deseos de nuestros corazones significa dos cosas. Primero significa que si nosotros se lo permitimos, Él llenará nuestros corazones con un deseo por las cosas que Él quiere para nosotros, y segundo, significa que Él las proveerá.

Yo se que ustedes probablemente han sido enseñados que el Señor nos prueba, nos disciplina y nos purifica, pero si usted lo suma todo, el mensaje abrumador para nosotros es que lo que Él quiere es bendecirnos. Él quiere que tengamos una vida abundante (Juan 10:10). Él quiere que seamos ricos en todas las maneras posibles para que podamos ser generosos en todas las ocasiones posibles (2 Corintios 9:11). Él quiere que tengamos una paz permanente por encima de lo que le es imposible entender a la mente natural (Filipenses 4:7). Él quiere que tengamos la seguridad absoluta de que estemos seguros de nuestro destino eterno (2 Corintios 1:21-22). Él quiere eliminar todas las preocupaciones de nuestras vidas y que le entreguemos nuestros problemas a Él (Mateo 6:33). Él quiere sanar todas nuestras enfermedades (Isaías 53:4). Y la lista continúa con más de siete mil promesas.

¿Y qué es lo que Él pide a cambio? Permita que Su muerte pague por nuestros pecados. Totalmente y por todos ellos. Confíe en Él para que le provea. Regocíjese todo el tiempo. Ámense unos a otros. Vivan en paz. Oren sin cesar. Eso parece un cambio justo, ¿verdad? Selah 01/09/2007.

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