El Relato de Job: Conclusión. Job 37-42

Miércoles 5 de mayo de 2021

Parte 5 de 5

El Señor le dijo a Job: “¿Acaso vas a invalidar mi justicia? ¿O vas a condenarme para justificarte?” (Job 40:8).

Cuando mis tres supuestos amigos terminaron de atacarme, el resultado fue que nuestra discusión se polarizó y yo me puse furioso. Pero Eliú, a pesar de ser más joven, por lo menos demostró que era más sabio más allá de sus años. Pero ahora venía mi apelación directa al Señor y no sería nada comparada con la demostración de la justa indignación que yo había ensayado en mi mente.

El Señor no perdió tiempo en amabilidades. “¿Quién [eres tú] que oscurece[s] el consejo con palabras sin sabiduría?” exigió, “Ahora compórtate como hombre; Yo te preguntaré, y tú me contestarás”.

Y ahora con la elocuencia que solamente el Todopoderoso puede exhibir, y con un sarcasmo suficiente como para destrozar aun al hombre más fuerte, Él comparó Sus habilidades y destrezas, Su visión y experiencia con las mías. No es necesario decir que yo salí muy corto en eso, y terminé siendo puesto firmemente en mi pequeñísimo lugar dentro del gran esquema de las cosas.

Luego Él exigió de mí esto, “¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? El que disputa con Dios, responda a esto”.

Entonces mansamente le respondí al Señor, “Yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca. Una vez hablé, pero no responderé; aun dos veces, pero no volveré a hablar”.

Entonces el Señor me volvió a hablar, “Compórtate como un varón; Yo te preguntaré, y tú me responderás. ¿Invalidarás tú también mi justicia? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?

Y bien, este era el meollo del asunto, ¿verdad? Porque cuando uno se enfrenta con el Altísimo solamente hay dos alternativas; condenarlo para justificarse uno mismo, o condenarse uno mismo para justificarlo a Él. ¿Y de estas dos cosas, cuál es la correcta? ¿Tiene el siempre infalible y omnisciente Dios necesidad de ser corregido por el ser humano caído y pecador? ¡Seamos realistas! Yo estaba devastado, totalmente sin ningún mérito o posición delante de Él, y dolorosamente consciente de la increíble paciencia que Él me había mostrado con solo estar de acuerdo en responderme. ¡Hablar de estar uno avergonzado!

Con toda humildad le respondí al SEÑOR, “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; pero ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza”.

Cuando usted cambia su entendimiento intelectual de la existencia de Dios, como yo lo acababa de hacer, por una experiencia emocional de Su Presencia, la perspectiva que usted tiene cambia. Es difícil de explicar. De repente yo me sentía tan pequeño e insignificante ante Su Presencia tan abrumadora. Mi estado emocional estaba lleno de intenso pesar, vergüenza y pena por todos los problemas que yo le había ocasionado a Él.

En Su infinito amor Él limpió todo eso y llenó mi corazón de agradecimiento por nuestra relación. Y no es que yo quiera repetirlas, pero las dolorosas lecciones que había aprendido, ahora parecía que habían valido la pena. Luego Él castigó a mis tres amigos por haberlo malinterpretado en las críticas que me hicieron. (Durante toda Su corrección, Él nunca me humilló ni me condenó como lo habían hecho ellos tres.) Él me dijo que ofreciera una oración de intercesión por ellos para no tener que tratarlos de acuerdo a sus tonterías. Eso era para demostrarles que aunque ellos estaban apartados de Su favor, yo no lo estaba. Yo oré y ellos fueron perdonados.

Entonces en el período de tiempo que siguió a mi lección principal, el Señor me prosperó una vez más, y cuando eso sucedió, todos mis parientes y amistades que me habían abandonado, volvieron a aparecer para felicitarme por haber recuperado mi posición previa. ¿No es esa la manera como se comportan las amistades? Yo viví otros 140 años y tuve siete hijos y tres hijas y el doble del ganado y de los animales que había tenido antes.

En ningún lugar de la tierra había mujeres tan hermosas como mis hijas, y en un acto de amor que no se conocía en mis días, les otorgué la misma herencia que a sus hermanos varones. En todo, llegué a ver a mis hijos y a sus hijos hasta la cuarta generación, lo cual fue para mí un gran honor en mi tiempo, y una señal segura de la bendición del Señor.

Nunca olvidé mi experiencia de poder haber conocido realmente al Señor; y Sus palabras todavía resuenan en mis oídos. “¿Invalidarás tú también mi justicia? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?

Yo tengo la esperanza que con mi relato ustedes siempre recuerden también esas palabras. Que el Señor continúe bendiciéndoles conforme ustedes andan en sus caminos. AMÉN.