El relato de María de la Navidad. Parte 1

Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Un estudio bíblico por Jack Kelley

El ángel le dijo: «María, no temas. Dios te ha concedido su gracia. Vas a quedar encinta, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre JESÚS. Éste será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»” (Lucas 1:30-33)

Como María lo pudo haber narrado hoy. En sus palabras

Observación por parte de María: Como ustedes saben, yo no pertenezco a ninguno de los escritores de la Biblia a pesar de que mi historia aparece en varios de los Evangelios. Lo que les cuento es un repaso de mi experiencia a la que le he agregado un poquito, y mientras es históricamente correcta, quizás sea nueva para ustedes. Feliz Navidad.

Había en Israel en esos día, una expectativa que casi se podía palpar, y algunas veces explotaba en las calles cuando uno de esos predicadores itinerantes viajaban a través del país pronunciando sus mensajes mesiánicos. Algunos de ellos hasta afirmaban ser el Mesías, mientras que otros a voz en cuello alababan Su venida, advirtiéndole a la gente que se alistara. Usualmente eso les causaba problemas con la ley, puesto que lo que más detestaban los romanos era un levantamiento civil. Algunos eran golpeados y expulsados de distintas ciudades y otros eran sentenciados a muerte. Pero la gente se contagió de la fiebre mesiánica, esperando, soñando y aun orando para que el Señor levantara un líder que los defendiera de los romanos y restaurara el país a los gloriosos días del pasado.

La historia escrita por adelantado

Aquellas personas que tomaban las Escrituras de manera literal sabían, leyendo del Profeta Daniel, que el tiempo casi había llegado para el arribo del prometido Mesías. Allá en el año que ustedes llaman 586 a.C., los babilonios destruyeron Jerusalén, dejándolo todo en ruinas y llevándose a nuestra gente al exilio a una vida de esclavitud. Una de esas personas era Daniel, y mientras se encontraba en Babilonia el Señor le indicó que después de 70 años, los persas conquistarían Babilonia y los judíos serían puestos en libertad para que pudieran regresar a su país y reconstruirlo de nuevo. Y luego le dijo a Daniel que 483 años después de eso, el Mesías llegaría. Ellos debían empezar a calcular los años desde que el rey persa emitió el decreto que les otorgaba a los judíos el permiso para poder reconstruir Jerusalén, lo cual sucedió en la fecha que ustedes conocen como el 14 de Marzo de 445 a.C.

Eso significa que si las Escrituras estaban en lo correcto, el Mesías debería llegar pronto, aun durante nuestras vidas. Claro, muchas personas que yo conocía y la mayoría de los líderes del país, no creían ya en eso, pero a pesar de ello siempre podíamos tener esperanza, y las palabras de esos predicadores mesiánicos itinerantes ciertamente nos alborotaron. (Más tarde nos enteramos que desde que se emitió ese decreto hasta el día que ustedes le llaman Domingo de Pascua, que fue el único día que Jesús permitió que lo alabaran como Rey de Israel, habían transcurrido 483 años exactos.)

¡Estamos comprometidos!

Como una joven adolescente en Nazaret, yo tenía en mi mente muchas otras cosas también. ¡No olviden que yo estaba comprometida para casarme! Mi prometido era un carpintero llamado José. Él tenía un taller de carpintería en la ciudad y fabricaba muebles y cosas parecidas para la gente de Nazaret. En su tiempo libre él estaba construyendo la casa en que viviríamos.

Déjenme explicarles que en esos días las cosas eran completamente diferentes a como lo son en los días de ustedes. Le tomaba años a un hombre poder establecerse lo suficiente como para mantener una esposa y una familia, pero cuando finalmente lo podía hacer, por lo general escogía mujeres bastante más jóvenes que él que fueran lo suficientemente fuertes para tener muchos hijos y poder criarlos. Y así fue con José.

Puesto que él era algo mayor que yo, no lo conocía lo suficiente, pero aparentemente yo le había gustado porque un día llegó a mi casa y me pidió en matrimonio. Eso quería decir que mi familia sería privada de mi ayuda para mantener la casa funcionando, así que mi padre necesitaba ser compensado adecuadamente por esa pérdida. Después de una larga reunión, acordaron el precio adecuado por mí, mientras mi madre y yo estábamos sentadas observando, y cuando José y mi padre llegaron a un acuerdo, todos los ojos se volvieron hacia mí.

Yo solamente disponía como de treinta segundos para aceptar o rechazar el acuerdo. Si yo lo rechazaba, José se marcharía y nunca más lo volvería a ver. Si lo aceptaba habría una ceremonia legal de compromiso la cual era vinculante, seguida de una serie de reuniones programadas con la presencia de chaperones para podernos conocer mejor. Nunca nos veríamos a solas sino hasta nuestra noche de bodas, la cual se llevaría a cabo solamente hasta que el padre de José determinara que la casa que él estaba construyendo estuviera terminada y fuera apropiada para nosotros. Esto por lo general tomaba unos años más. Las cosas se movían mucho más lentamente entonces.

Una visita del Cielo

Fue durante este tiempo de espera que yo tuve la visita más extraña. Un ángel que se identificó como Gabriel, se me apareció de un momento a otro. “¡Salve, muy favorecida!”, dijo, “El Señor es contigo”. Yo me turbé grandemente con estas palabras, y pensé qué clase de saludo era ese. Pero el ángel me dijo, “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1).

“¿Cómo será eso” le pregunté al ángel, “ya que soy virgen?”

El ángel respondió, “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Y mira, tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios”.

Entonces respondí, “Yo soy la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. Y el ángel se fue de mi presencia.

Bueno, ¿qué dirían ustedes luego de una conversación como esa? ¡Yo quedé atónita! ¡Sin habla! Y después de todo, ¿qué podía decir? Solo había una persona en el mundo que podría comprender por lo que yo estaba pasando, y esa era mi prima Elisabet. A pesar de que era más vieja que yo, ella también estaba pasando en ese momento por un shock similar. Habiendo sido estéril toda su vida, lo cual era una gran vergüenza para una mujer en esos días, ella también iba a tener un bebé. Y eso también era hechura del Señor. Yo tenía que ir a visitarla, a pesar de que era un viaje de varios días en un tiempo cuando viajar era toda una odisea.

Las lecciones de la vida

Mirando hacia atrás a aquel tiempo, y con el beneficio de las Escrituras del Antiguo Testamento, siempre me ha llamado la atención la similitud entre mi compromiso y matrimonio con José y la relación entre la Iglesia y el Mesías, Yo ahora creo que el Señor instituyó estas tradiciones para enseñarnos algunas cosas sobre Él mismo.

Yo no me imaginé que José llegaría a mi vida sino hasta el día que llegó por primera vez a pedir mi mano. Él y mi padre acordaron un precio por mí, y a pesar de que todo estaba arreglado por ellos, yo tenía que escoger por mí misma el aceptar el acuerdo. En el momento que lo hice, ya le pertenecí a él y nadie me podía separar de él. Luego él partió y raramente lo veía hasta que llegó como ladrón en la noche y me llevó para celebrar nuestra boda en la casa de su padre. La fecha del matrimonio era desconocida para mí, porque no se podía celebrar sino hasta que su padre estuviera de acuerdo de que la casa que estaba construyendo para mí estuviera terminada. Durante todo ese tiempo intermedio yo tenía que vigilar y esperar, siempre lista para salir, porque no sabía ni el día ni la hora de su retorno. Pasé mucho tiempo aprendiendo más sobre él por medio de sus amigos y preparándome para nuestra vida juntos. Cuando finalmente llegó el día de la boda, las celebraciones duraron siete días y durante todo ese tiempo estaríamos ocultos en la casa de su padre. Al final de los siete días retornaríamos ya juntos a la casa que él había construido para mí y así empezábamos una nueva vida.

De la misma manera, muchos creyentes no están esperando cuando el Señor se presente por primera vez en sus vidas. A pesar de que Él y Su Padre han acordado un precio por nosotros (la sangre de Su Hijo), nosotros tenemos que escoger por nosotros mismos aceptar ese acuerdo o rechazarlo. Pero cuando escogemos ser Suyos ya nadie nos puede alejar de Su presencia. Nunca nos reuniremos con Él sino hasta que llegue como ladrón en la noche y nos lleve a la casa de Su Padre para nuestra boda. Ese día será sorpresivo para nosotros, conocido solamente por Su Padre. Mientras tanto, vigilamos y esperamos, siempre listos para partir, porque no sabemos ni el día ni la hora de su retorno, aprendiendo sobre Él por medio de Sus amigos mientras esperamos. Cuando finalmente llegue ese día, seremos arrebatados en un abrir y cerrar de ojos, a la casa de Su Padre para siete años de celebraciones, después de las cuales retornaremos con Él para comenzar nuestra nueva vida como Su Desposada en la mansión que Él se tardó casi dos mil años construyendo para nosotros.

Gabriel al rescate

Cuando regresé a Nazaret y le conté a José sobre mi condición, se molestó grandemente. Es que el estar embarazada antes de casarse era una gran ofensa en contra de nuestra ley. José tenía todo el derecho de presentarme ante los sacerdotes y acusarme de promiscuidad sexual, un crimen que se castigaba con la muerte. Y aun si ellos me dejaban con vida, mi vida quedaría completamente arruinada. Una joven soltera estaba supuesta a permanecer virgen y ningún varón respetable tomaría una novia que no lo fuera. Y en esos días no había tal cosa como una madre soltera. ¿Qué debía hacer?

Yo creo que ya él había empezado a enamorarse de mí, y mientras que no podía pasar desapercibido lo que creía que era mi infidelidad, decidió que simplemente rompiéramos silenciosamente nuestro compromiso, e irnos por caminos separados. Yo podía ver que él estaba con el corazón roto, y así me encontraba yo. Yo en realidad no podía culparlo por esa decisión. Esa historia era escandalosa. ¡Nunca antes en la historia una virgen había quedado embarazada! Pero esa noche el ángel lo visitó en sueños y le dijo que todo lo que había ocurrido era tal y como yo se lo había contado, y que estaba bien que permaneciera conmigo. ¡Qué alivio!

La próxima vez: Dando a luz al que pronto me daría la luz