El relato de María de la Navidad. Parte 2

Jueves 12 de diciembre de 2019

El ángel le dijo: «María, no temas. Dios te ha concedido su gracia. Vas a quedar encinta, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre JESÚS. Éste será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» (Lucas 1:30-33)

Un estudio bíblico por Jack Kelley

Preséntense para ser contados

Los meses siguientes pasaron tan rápido que cuando me di cuenta, mi tiempo de dar a luz casi había llegado. Entonces el gobernador romano remató las cosas al decidir que se debía hacer un censo. Cada familia en Israel debía viajar a su pueblo natal para ser censada. Para José y yo, eso significaba ir a Belén puesto que ambos pertenecíamos a la tribu de Judá y a la casa de David. José era descendiente del rey Salomón mientras que yo procedía de la familia de su hermano Natán. Así es, y eso quería decir que éramos primos lejanos, pero antes que ustedes se preocupen, déjenme explicarles que eso era lo apropiado por dos razones.

Primero, mi padre Elí no tenía hijos por eso es que siendo yo su hija mayor, yo era su heredera legítima. Pero la ley requería que yo me casara con alguien de la tribu de Judá para que la tierra propiedad de mi familia no se perdiera de la herencia tribal la cual fue otorgada a nuestros antepasados en tiempos de Josué (Números 36:69). Entonces, José era la elección apropiada bajo la ley.

Y segundo, el ángel Gabriel había prometido que mi hijo reinaría sobre el trono de David. El problema era que justo antes del cautiverio babilónico, los reyes de Israel se habían vuelto tan corruptos que el Señor había declarado una maldición sobre la descendencia consanguínea de Salomón a través de Jeconías (c.c. Conías) que nunca serían reyes en Israel (Jeremías 22:28-30), y ciertamente, ninguno lo fue; Jeconías fue el último rey legítimo de Israel. Esto a pesar de que Dios le había prometido a David que los descendientes de Salomón siempre serían reyes en Israel (1 Crónicas 17:10-14). Puesto que José era de la descendencia de Salomón, llevaba consigo la maldición como la llevaban todos los demás descendientes del rey Salomón.

Para poder cumplir todas las profecías y mantener la promesa de Dios a David, el Mesías debía de ser de la tribu de Judá y de la casa y linaje de David. (De la casa de David quiere decir que Jesús debía ser descendiente de David. Y linaje significa que Él tenía que estar en la línea real sucesoria de Salomón.)

Si Jesús hubiese sido un hijo biológico de José, habría sido descalificado debido a la maldición consanguínea de nunca poder llegar a ser Rey de Israel. Pero ya que yo también provenía de la casa de David, y estaba biológicamente relacionada con Jesús, es que se podía asegurar el reclamo de mi hijo al trono mientras que la persona con que yo me casara fuera también descendiente de la línea real. José llenaba también este requisito, y cuando nos casamos se convirtió en el padre legal de Jesús. Esto colocó a Jesús en la línea de sucesión y cumplió el requisito de que Él fuera “de la casa y linaje de David” sin ser afectado por la maldición. Solamente por este motivo, Jesús debía de nacer de una virgen. Esa era la única manera de que un descendiente de David pudiera calificar para reinar como Rey de Israel. Suena complicado, pero Dios se ha comprometido en Su propia ley, así como lo estamos nosotros.

Por supuesto que la profecía de que Jesús reinaría sobre el trono de David no se ha cumplido todavía. Y no se cumplirá sino hasta Su Segunda Venida. Y puesto que José y yo éramos primos, es que eso puede suceder legalmente.

Un viaje incómodo hacia un destino increíble

Si ustedes se pueden imaginar tener nueve meses de embarazo y viajar sobre un burro durante un viaje de dos días de Nazaret a Belén, entonces sabrán lo incómoda que me sentía. Pero por fin llegamos y para nuestra sorpresa, todos los hoteles estaban totalmente llenos, y en mí estado y además cansados, nos conformaríamos de poder quedarnos en cualquier lado. Y así fue. El encargado del mesón se compadeció de nosotros y nos prestó su establo. Eso fue bueno también porque esa misma noche di a luz a un varoncito a quien se le había rechazado el hospedaje. Cuando le pregunté al Señor “¿Por qué en un establo?” me dijo, “¿En qué otro lado puede nacer un Cordero?”

En el tiempo de ustedes hay una canción cristiana popular cuya letra dice que si yo sabía que este niño que yo había dado a luz pronto me daría a mí la luz. Por supuesto que sí, y eso haría que todas las cosas groseras que se dijeron sobre mi persona, toda la incomodidad que soporté y toda la tristeza que sentí, valieran la pena. Ciertamente yo fui bendecida entre todas las mujeres.

Algunos pastores en los campos cercanos (la tradición dice que los campos pertenecían a los bisabuelos del Rey David, Booz y Rut) fueron los primeros en saber del nacimiento del Mesías. Mientras estaban cuidando los rebaños que los sacerdotes mantenían allí para el uso en el Templo, un ángel les informó sobre esta tremenda ocasión. Los peregrinos compraban las ovejas de estos rebaños en la Pascua para los sacrificios por los pecados, así que estas ovejas nacían para morir por los pecados del pueblo. Es muy apropiado decir que los pastores que cuidaban estas ovejas fueran los primeros en enterarse que el Cordero que había nacido y que moriría por los pecados de la humanidad, había llegado.

Tradicionalmente en Israel las personas que eran padres por primera vez contrataban músicos para que fueran cantando las buenas noticias de que había nacido un niño. Nosotros éramos pobres para poder pagar por eso y nuestra ciudad quedaba a dos días de camino hacia el norte, pero el Dios del Universo, el verdadero Padre de nuestro hijo, abrió los cielos para que todo un coro de ángeles cantara las Buenas Nuevas. ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz!

Inmediatamente que Jesús nació, alguien me dio unos pañales para que lo envolviera. Contrario a la creencia popular, estas ropas no eran pañales ni una cobija. Eran hechos del lino gastado de las ropas interiores que usaban los sacerdotes en el Templo. Normalmente eran tejidos en largas mechas para ser utilizados en la gigantesca Menora de cuatro brazos que estaba en el atrio del templo, durante la Fiesta de los Tabernáculos. Habían cuatro de estas menoras que cuando estaban encendidas emitían una luz que reflejaba la blancura de la piedra caliza del Templo e iluminaba toda la ciudad. Se decía que iluminaba a todo el mundo. Estas ropas eran la prenda perfecta para envolver a Jesús, la verdadera Luz del Mundo.

Aun el lugar tenía un significado. Belén se traduce como la “casa para el pan”, un lugar apropiado para Aquel quien es el Pan de Vida para que empezara Su misión en la Tierra.

Reyes se postrarán ante Él

Algún tiempo después nos visitaron unos personajes muy distinguidos. Hombres sabios de Partia, un país poderoso en el norte y el este de Israel, llegaron a Jerusalén acompañados con una gran caravana la cual produjo un gran alboroto en la ciudad. La razón es la siguiente. Partia era el nombre que entonces tenía el poderoso imperio persa. Sus ejércitos habían derrotado al General Pompeyo y a las legiones romanas unos años antes y el recuerdo de esa derrota aún permanecía fresca en la memoria de muchas personas. Era como la delegación de un poderoso enemigo la que había llegado de visita.

Inmediatamente obtuvieron una audiencia con el Rey Herodes al que preguntaron, “En dónde ha nacido el Rey de los Judíos”. Pero Herodes no era judío y había sido nombrado rey por los romanos. Entonces ya ustedes se pueden imaginar cómo es que esta pregunta sobresaltó a Herodes. Seguramente uno nacido para ser rey tendría un derecho superior al trono que un asignado extranjero.

Pero Herodes era un tipo listo. Tratando a sus poderosos invitados con toda la cortesía del caso, llamó a los sacerdotes para que, después de consultar el libro del Profeta Miqueas, respondieran “Belén”. Herodes así se lo informó a los sabios y les dijo que le avisaran el lugar de nacimiento de este rey, para que él también fuera a adorarlo. Él pensó que al ser tan cooperativo podía engañarlos y así lo ayudaban a quitarse de encima a este molesto rival.

Cuando los sabios nos encontraron, se postraron y le presentaron sus regalos de oro, incienso y mirra a Jesús. Supimos que el oro era profético de Su reinado, el incienso de Su sacerdocio, y la mirra de Su muerte. (La mirra es una especia para embalsamar.) Estos presentes son también simbólicos de sus tres oficios celestiales: Profeta, Sacerdote, y Rey.

Cuando les preguntamos cómo se enteraron para venir a buscarnos, nos respondieron que las profecías antiguas que pasaron de sacerdote a sacerdote durante 500 años, mencionaban que una estrella brillante aparecería en el cielo oriental al momento preciso y los guiaría al Rey. Sorprendentemente, nos dijeron que estas profecías se habían originado por medio del Profeta Judío Daniel, quien fue el que fundó su orden solamente para este propósito después que los persas habían conquistado Babilonia.

Salgan de la ciudad

Esa misma noche fueron avisados en un sueño de alejarse de Herodes, así que habiendo encontrado al Rey de Israel, regresaron a su país por otra ruta. José fue avisado en otro sueño esa noche también. Un ángel le dijo que nos llevara a Egipto rápidamente porque Herodes quería matar a Jesús. Salimos a penas a tiempo, porque, sin previo aviso, los soldados de Herodes invadieron Belén y asesinaron a todos los niños menores de dos años. Permanecimos en Egipto hasta que el ángel nos dijo que Herodes había muerto y que era seguro regresar a casa.

Finalmente, después de una ausencia de varios años, regresamos a Nazaret. Nuestra aventura pronto se convertiría en la historia más grande que se contaría. Y nuestro pequeño niño crecería para llegar a ser la figura central de la historia humana, Dios hecho hombre, nacido para morir por los pecados de Su pueblo y rescatarnos del enemigo el cual nos había robado desde el Jardín del Edén hacía tanto tiempo atrás. Ese es el verdadero sentido de la Navidad.