El Renuevo

Miércoles 12 de febrero de 2020

Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

Vienen días, dice el SEÑOR, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra (Jeremías 23:5).

Escucha pues, ahora, Josué sumo sacerdote, tú y tus amigos que se sientan delante de ti, porque son varones simbólicos. Yo traigo a mi siervo el Renuevo (Zacarías 3:8).

Aquí está el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová (Zacarías 6:12).

En aquel tiempo el renuevo del SEÑOR será para hermosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra, a los sobrevivientes de Israel. (Isaías 4:2).

Rey, Siervo, Hombre, Señor

Estos cuatro pasajes mencionan a un Mesías venidero y así como cada uno se refiere a Él como “El Renuevo”, todos lo muestran a Él de una manera diferente.

La palabra hebrea traducida renuevo es tsémakj la cual se deriva de una raíz gramatical que significa “brotar”. En Isaías 11:1-2 se utiliza una palabra diferente, nétzer (vástago) la cual da la misma idea.

Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu del SEÑOR; Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor del SEÑOR.

La única diferencia entre estas dos palabras es que nétzer siempre se usa de manera figurada mientras que tsémakj puede utilizarse de manera literal también.

El que los israelitas vieran estos pasajes como mesiánicos lo confirma el hecho de que a los primeros cristianos también se les conocía como “la Gente del Renuevo” (Nétzerim). Pero lo más importante es la intención que se oculta en cada uno de los cuatro modificativos; Rey, Siervo, Hombre y Señor, porque nos dan cuatro puntos de vista de Jesús y simbolizan las cuatro asignaciones que le fueron dadas.

Rey

Primero, Él vino a la tierra para ser el Rey de Israel, el León de Judá. El ángel Gabriel le dijo a María que su Hijo se sentaría en el trono de Su antepasado David, y desde allí regirá sobre la Casa de Jacob para siempre (Lucas 1:32-33). Él estaba repitiendo una promesa que el Espíritu del Señor le había dado a Isaías 750 años antes.

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del SEÑOR Todopoderoso hará esto (Isaías 9:6-7).

Siervo

Pero el pueblo no estaba listo para este tipo de Rey. Entonces, antes de ascender al trono tenía que humillarse primero a Sí mismo, convirtiéndose voluntariamente en un siervo, y aceptar una casi imposible y difícil asignación. Este Jesús, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8). Él tenía que morir en la cruz por los pecados del pueblo para poder ser hecho lo suficientemente Santo para que lo recibieran como su Rey.

Después de que el pecado fue introducido en el mundo la humanidad llegó a tal extremo de deterioro que no pudo volver a vivir bajo un justo Rey como Él. Si no hubiera escogido morir en nuestro lugar, habría tenido que ejecutarnos a todos para poder satisfacer la deuda del pecado que le debíamos. Así que era Él o nosotros, y Él escogió ser Él mismo.

Hombre

Para poder morir por nosotros Él tenía que estar de acuerdo en convertirse en un hombre, porque la ley de Dios estipulaba que solamente el pariente más cercano podía redimir lo que el hombre había perdido (Levítico 25:25). Pero siendo solamente un pariente cercano no era suficiente. El pariente cercano tenía que pagar el precio de redención, que en este caso era la sangre de un hombre sin pecado. De tal manera que el Hijo de Dios, eternamente perfecto y sin pecado, bajó de Su trono celestial y para siempre se convirtió en el Hijo del Hombre, nacido de mujer en la familia humana, y así dio Su vida para redimir la nuestra.

Señor

Y eso nos lleva a Su cuarta asignación. Habiendo dado Su vida en rescate por la nuestra, Él fue colocado en una tumba a manera de todas las personas. La asignación de Siervo fue cumplida con todo éxito; el precio fue pagado con la sangre de un hombre. Para confirmar esto, Dios lo sacó de la tumba tres días después como una prueba visible de que el castigo por cada pecado que usted ha cometido, o que cometerá, fue pagado totalmente.

De la cruz de vuelta a Adán y hacia adelante a la última persona que nazca, cualquier persona que acepte por fe el perdón que Su sangre compró, estará calificada para vivir en Su Reino. Lo que parecía para algunos como una completa derrota fue en realidad la victoria más grande de todos los tiempos. Y puesto que Él había restablecido mucho más de lo que se había perdido, toda la humanidad realizará que este Jesús no es ningún Rey ordinario, Él es también nuestro Señor.

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Filipenses 2:9-11).

Una última confirmación

Cada uno de los cuatro Evangelios presenta un punto de vista diferente de Jesús, y son un paralelo de los cuatro modificadores del Renuevo.

Mateo lo presentó como el Mesías Rey de Israel. En Mateo encontramos más confirmaciones de la profecía mesiánica cumplida en la vida de Jesús que en cualquiera de los otros Evangelios. De hecho, la frase más frecuente de Mateo es “se cumplió”. Su genealogía empieza con Abraham y coloca a Jesús en la línea de descendencia de David y Salomón, mostrando así Su linaje real.

Marcos describe los eventos en la vida de Jesús de tal forma que lo muestra como el Siervo obediente de Dios. Puesto que no nos interesa el pedigrí de un siervo, el Evangelio según Marcos no contiene ninguna genealogía. Es en esencia, una serie de rápidos cuadros verbales mostrando lo que Jesús hizo en absoluta obediencia a Su Amo.

Lucas muestra a Jesús como el Hijo del Hombre y traza Su herencia hasta Adán, el primer hombre. En su primera carta a los Corintios Pablo se refiere a Jesús como el último Adán (1 Corintios 15:45) con lo que también demuestra Su conexión con la humanidad.

Juan no tuvo ningún secreto sobre ello. Él vio a Jesús como el Hijo de Dios, Señor de todos. La genealogía de Juan muestra que en el principio la Palabra—Verbo (Jesús) era con Dios y que la Palabra era Dios. Cuando Tomás, quien no estaba presente cuando el Señor se les apareció por primera vez después de la resurrección, finalmente lo vio, una semana después, se inclinó ante Él exclamando, “Señor mío y Dios mío”. Jesús no contradijo esa afirmación, sino que pronunció una bendición a todas aquellas personas que lleguen a una conclusión similar únicamente por fe. (Juan 20:29).

Entonces, aquí tenemos otra presentación del Mesías en el Antiguo Testamento, cumplida dramática y específicamente en la vida de Jesús de Nazaret. Es un testimonio más de la exactitud de la profecía de David en el Salmo 40 la cual el autor de Hebreos también se la atribuye a Jesús (Hebreos 10:5-7).

Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero me preparaste cuerpo (Me he convertido en un siervo para siempre, Éxodo 21:6). Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmo 40:6-8.

La palabra hebrea para voluntad en el último párrafo, es ratsón. Esta se utiliza 15 veces en el Antiguo Testamento y significa “un favor voluntario”. Se deriva de la raíz primaria ratzá que quiere decir “satisfacer una deuda”. Era la voluntad de Dios que Su Hijo se convirtiera en un Siervo para hacer un favor voluntario para Él. Al hacerlo de esa manera, Él satisfacía una deuda que se le debía a Dios, una deuda que nunca podría haberse satisfecho por medio de sacrificios y ofrendas. Este favor voluntario consistía en dar Su vida en rescate por el pecado. La deuda que quedaría satisfecha era la nuestra.

Sabiendo que ustedes fueron rescatados de su vana manera de vivir, la cual recibieron de sus padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de ustedes, y mediante el cual ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que la fe y esperanza de ustedes sean en Dios (1 Pedro 1:18-21). Selah. 17-7-05