La oveja perdida, la moneda perdida, y el hijo perdido

Lunes 7 de junio de 2021

Un estudio bíblico por Jack Kelley

Y en el cielo los ángeles se gozan

La Parábola de la Oveja Perdida

Entonces Jesús les contó esta parábola: ¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, gozoso la pone sobre sus hombros, y al llegar a su casa reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!” Les digo que así también será en el cielo: habrá más gozo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.”

La Parábola de la Moneda Perdida

¿O qué mujer, si tiene diez monedas y pierde una de ellas, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con cuidado la moneda, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había perdido!” Yo les digo a ustedes que el mismo gozo hay delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.”

La Parábola del Hijo Perdido

Jesús dijo también: «Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde.” Entonces el padre les repartió los bienes.

Unos días después, el hijo menor juntó todas sus cosas y se fue lejos, a una provincia apartada, y allí dilapidó sus bienes llevando una vida disipada. Cuando ya lo había malgastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquella provincia, y comenzó a pasar necesidad. Se acercó entonces a uno de los ciudadanos de aquella tierra, quien lo mandó a sus campos para cuidar de los cerdos. Y aunque deseaba llenarse el estómago con las algarrobas que comían los cerdos, nadie se las daba.

Finalmente, recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me estoy muriendo de hambre! Pero voy a levantarme, e iré con mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y no soy digno ya de ser llamado tu hijo; ¡hazme como a uno de tus jornaleros!’” Y así, se levantó y regresó con su padre.

Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y tuvo compasión de él. Corrió entonces, se echó sobre su cuello, y lo besó.

Y el hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y no soy digno ya de ser llamado tu hijo.”

Pero el padre les dijo a sus siervos: “Traigan la mejor ropa, y vístanlo. Pónganle también un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Vayan luego a buscar el becerro gordo, y mátenlo; y comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y lo hemos hallado.” Y comenzaron a regocijarse.

»El hijo mayor estaba en el campo, y cuando regresó y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas. Entonces llamó a uno de los criados, y le preguntó qué estaba pasando. El criado le respondió: “Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha ordenado matar el becerro gordo, porque lo ha recibido sano y salvo.”

Cuando el hermano mayor escuchó esto, se enojó tanto que no quería entrar. Así que su padre salió a rogarle que entrara. Pero el hijo mayor le dijo a su padre: “Aunque llevo tantos años de servirte, y nunca te he desobedecido, tú nunca me has dado siquiera un cabrito para disfrutar con mis amigos. Pero ahora viene este hijo tuyo, que ha malgastado tus bienes con rameras, ¡y has ordenado matar el becerro gordo para él!”

El padre le dijo: “Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero era necesario hacer una fiesta y regocijarnos, porque tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y lo hemos hallado.”» (Lucas 15:3-32).

¿Qué está sucediendo aquí?

Los fariseos y los doctores de la Ley murmuraban entre ellos, criticando al Señor por estar fraternizando con los pecadores. Ellos creían que el solo reconocimiento de la presencia de un pecador era malo, y compartir una cena con ellos era una señal de aceptación que debía evitarse a toda costa. A eso le llamaban culpabilidad por asociación. Y es una actitud que aún encontramos a nuestro alrededor. Declárese en quiebra, divórciese, o aun pierda su trabajo y pronto se dará cuenta quiénes son sus amigos. Si usted tiene suerte, uno o dos de ellos aun estarán con usted. El resto lo van a evitar como a una plaga, como si su condición fuera contagiosa y pudieran contaminarse.

En esos días los que se llamaban justos le prestaban poco valor, o ninguno, a las vidas de los pecadores, pues creían que ese comportamiento los había hecho in-merecedores de cualquier esfuerzo de reconciliación. Así que Jesús les dijo estas tres parábolas para explicarles que desde el punto de vista de Dios, los pecadores tenían una importancia más urgente para Él que los justos.

En una ocasión Él les dijo que había venido para buscar y salvar a los perdidos (Lucas 19:10), y en otra ocasión que solamente los enfermos necesitaban un médico, y no los sanos. “Yo no he venido a llamar al arrepentimiento a los justos,” Jesús les dijo, “sino a los pecadores” (Lucas 5:31-32). Y ahora les dice, “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?… “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!”.

“Y supongan que ustedes tienen diez monedas y se les pierde una, ¿No concentrarían sus esfuerzos en encontrarla? ¿Y cuando lo hacen, no lo celebrarían?”

Si ellos se comportaban así con las posesiones materiales las cuales fácilmente se pueden reponer, ¿cuánto más importante debe de ser un alma humana?

Para nuestro Creador cada vida tiene un valor infinito y es irremplazable. Él no quiere que nadie se pierda sino que todos lleguen al arrepentimiento (2 Pedro 3:9). Por eso es que hay más gozo en el cielo cuando un alma es redimida que por noventa y nueve que no se han perdido. Y es por eso que cada vez que un pecador se arrepiente y recibe al Señor, los ángeles del cielo cantan de alegría.

A propósito, la Biblia solamente menciona cinco eventos que causan que los ángeles del cielo canten. Uno fue cuando Dios dijo, “Hágase la luz”, y la Tierra recibió la vida. Otro cuando el Señor Jesús nació, y luego está la llegada de la Iglesia al Cielo, y finalmente con la derrota de todos los enemigos del Señor por el mismo Señor. Esas son solamente cuatro ocasiones en toda la historia del hombre. Pero ellos tienen mucha práctica, porque la quinta ocasión se repite cada vez que uno de nosotros se acerca al Señor. Desde Su punto de vista, el solamente salvar una sola vida está al mismo nivel con crear y salvar el mundo.

El punto es el siguiente

Pero es la tercera parábola la que los debe de haber golpeado porque resalta el resentimiento que sintió el hijo obediente por el retorno del hijo desobediente.

Cuando el hermano mayor escuchó esto, se enojó tanto que no quería entrar [a la fiesta]. Así que su padre salió a rogarle que entrara. Pero el hijo mayor le dijo a su padre: “Aunque llevo tantos años de servirte, y nunca te he desobedecido, tú nunca me has dado siquiera un cabrito para disfrutar con mis amigos. Pero ahora viene este hijo tuyo, que ha malgastado tus bienes con rameras, ¡y has ordenado matar el becerro gordo para él!”

Podemos pensar que esta parábola expuso sus verdaderos motivos para aislar a los pecadores de entre ellos. Estas personas trabajaban duro para guardar la ley y se enorgullecían por hacerlo bien. Y aquellas personas que no lo hacían eran desobedientes y merecían ser castigadas. Al rechazarlos, los fariseos creían que estaban realmente ayudando a Dios a repartir el castigo. Esto los hacía sentirse mucho mejor sobre ellos mismos. Nada como estar del lado del Señor para sentirse uno bien.

Luego llega este predicador itinerante dándoles a estos pecadores toda clase de atención y realmente haciéndolos sentirse bien, dándoles esperanza, y quitándoles su motivación para limpiar sus actos. No era justo. Los fariseos se esforzaban tanto por ser buenos y estos pecadores obtenían toda la atención. Y encima de eso, los fariseos trabajaban para obtener su entrada a la eternidad. Si los pecadores obtenían una entrada gratuita, como parecía que Jesús estaba implicando, ¿qué clase de ejemplo es eso? Simplemente estaban celosos.

Y así el Señor suavizó el golpe con el último punto de la parábola. Él hizo que el gozoso padre dijera, “Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero era necesario hacer una fiesta y regocijarnos, porque tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y lo hemos hallado.”

El recompensar a los pecadores no significa castigar a los justos. El Señor no se suscribe a la escasa mentalidad de que solamente hay tanto alrededor y que el darle a uno significa quitarle al otro. “Pidan, y se les dará, busquen, y encontrarán, llamen, y se les abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre” (Mateo 7:7-8).

Y finalmente…

Es fácil darse cuenta del error de los fariseos. Ellos creían que la salvación era un asunto que podían ganar, y al intentar hacer eso desarrollaron una actitud de auto justificación la cual en realidad los puso más adentro en su deuda de pecado. La única diferencia entre los fariseos y los pecadores, es que los pecadores estaban conscientes de que necesitaban un Salvador. Pero la compasión que el Señor les tenía, como lo expresa el padre en la parábola al hijo mayor, debe de haber funcionado. En el Día de Pentecostés, la recién nacida iglesia recogió más de 3000 miembros, muchos de ellos fariseos y doctores de la ley.

Los fariseos eran un grupo de los tiempos bíblicos, pero aún no han muerto todos. Todavía existen muchos de ese grupo que tiene una actitud de ser “más espiritual que usted, hermano”, y la mayoría de nosotros tenemos algo de eso también. Así que la próxima vez que usted se sienta un poquito celoso cuando un inmerecido pecador se arrepiente y es salvo, recuerde… “porque tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y lo hemos hallado.” Selah.