Los últimos ocho días. Parte 3. Conclusión

Lunes 8 de abril de 2019

Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

Miércoles 13 Nisán. La Traición

Estaba cerca la fiesta de los panes sin levadura, que se llama la pascua. Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle; porque temían al pueblo. Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce; y éste fue y habló con los principales sacerdotes, y con los jefes de la guardia, de cómo se lo entregaría. Ellos se alegraron, y convinieron en darle dinero. Y él se comprometió, y buscaba una oportunidad para entregárselo a espaldas del pueblo. (Lucas 22:1-6)

Mucho se ha escrito sobre los motivos que impulsaron a Judas a traicionar al Señor. Algunas personas dicen que sus intenciones fueron honorables mientras que otras dicen lo contrario, pero la Biblia guarda silencio sobre este asunto. Lo que sí dice es que la traición no fue ninguna sorpresa. Ya Jesús lo había predicho. “Jesús les respondió: ¿No los he escogido yo a ustedes los doce, y uno de ustedes es diablo? Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce” (Juan 6:70-71).

Algunos de los discípulos le preguntaron a Jesús dónde quería celebrar la Pascua porque tan pronto el sol se pusiera ya sería jueves, 14 de Nisán.

Él les dijo, “Vayan a la ciudad, y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo, y donde entrare, díganle al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Y él les mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparen para nosotros allí.” (Marcos 14:13-15).

Jueves 14 Nisán. La Crucifixión, la Pascua

Y cuando llegó la noche, vino él con los doce. Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto les digo que uno de ustedes, que come conmigo, me va a entregar.

Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el otro: ¿Seré yo?

El, respondiendo, les dijo: Es uno de los doce, el que moja conmigo en el plato” (Marcos 14:17-20).

Juan 12:26-30 confirma que ese era Judas, el cual salió para alertar a las autoridades tan pronto había tomado el pan. Su traición fue un cumplimiento del Salmo 41:9, escrito por David 1000 años antes. “Aun mi mejor amigo, en quien yo confiaba, el que comía conmigo, me ha traicionado.

Durante la cena, la cual se comía en la misma hora en que Moisés y los israelitas la comieron en la primera Pascua en Egipto, Jesús presentó el Nuevo Pacto. Él tomó pan y dijo que este representaba Su cuerpo, entregado por nosotros, y el vino en la copa que Él sostenía representaba Su sangre, derramada por la remisión de los pecados. Él dijo que cada vez que comiéramos del pan y bebiéramos de la copa estamos proclamando la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Corintios 11:23-26). Desde ese momento hasta hoy, los cristianos han celebrado la comunión de manera regular, cada vez mirando hacia atrás a la cruz, en donde Él murió en nuestro lugar, y hacia adelante a la corona, con su promesa de vida eterna. Pablo le llamó la corona de justicia, la cual el Señor le dará a todas las personas que anhelan Su venida (2 Timoteo 4:8).

Después de la cena todos salieron fuera de la ciudad dirigiéndose hacia el Monte de los Olivos, en donde se encontraba el Huerto de Getsemaní. Este era un plantío de olivos justo al otro lado del angosto torrente de Cedrón fuera de la Puerta Oriental del Templo. De camino Jesús les recordó de Su muerte venidera y les dijo que pronto serían esparcidos por temor a las autoridades, cumpliéndose así Zacarías 13:7. Pero Él les prometió que los volvería a ver de nuevo después de Su resurrección. Pedro negó que se fuera a apartar aún si todos los demás lo hicieran. En respuesta Jesús le dijo: “De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces” (Mateo 26:34). Y sucedió tal y como Él lo dijo.

Cuando llegaron al Huerto, Jesús les dijo que esperaran mientras Él se adelantaba un poco para orar solo. 1000 años antes, David había descrito lo que se siente al ser uno crucificado (Salmo 22:1-48) y Jesús sabía muy bien del terrible sufrimiento y dolor que le esperaban. Tres veces le pidió al Padre que no le hiciera pasar por esto si hubiera otra forma de salvar a la humanidad de sus pecados. Algunos teólogos le llaman a eso una oración no respondida, pero el silencio del Padre fue la respuesta. No había otra manera.

Sin derramamiento de sangre no hay remisión por el pecado (Hebreos 9:22) pero la sangre de los animales del sacrificio no era suficiente para cumplir esa tarea. Eso solamente servía para que a las personas se les recordaran sus pecados. (Hebreos 10:3-4). Se necesitó la sangre de un hombre sin pecado para redimir a una humanidad pecadora de una vez por todas (Hebreos 10:11-14). Jesús sabía que Su oración había sido escuchada cuando un ángel del cielo llegó para fortalecerlo, y así pudo levantarse para hacerle frente a Sus acusadores.

Un par de los indicadores más obvios del mesianismo del Señor sucedieron durante el curso de Su arresto. Cuando los guardas del Templo llegaron, Jesús les preguntó a quién buscaban y ellos respondieron, “a Jesús de Nazaret.” Jesús dijo, “Yo soy,” lo cual produjo que ellos cayeran al suelo (Juan 18:4-6). Jesús solamente dijo “Yo soy,” que es el nombre por el cual Dios se identificó a Moisés en la zarza ardiente (Éxodo 3:13-14).

Eso fue una clara demostración de Su poder que si Él hubiera querido los habría destruido allí mismo. Y por si eso no fuera suficiente, Él le dijo a Pedro que disponía de 12 legiones de ángeles (Mateo 26:53). Eso equivale a un número de 72.000 ángeles guerreros en posición, listos y esperando.

En ese momento Pedro sacó una espada y le cortó una oreja al siervo del Sumo Sacerdote, Malco (Juan 18:10). Jesús tocó la oreja del hombre y la sanó (Lucas 22:51), mientras le decía a Pedro que guardara su espada, mencionando que todos los que tomen espada, a espada perecerán (Mateo 26:52).

La palabra siervo es engañosa. Malco posiblemente era uno de los asistentes de más confianza del Sumo Sacerdote, que fue enviado con los guardas como su representante para asegurarse de que el arresto se llevara a cabo según planeado. No hay ninguna indicación que Malco fuera creyente, ni tampoco que pidiera ser sanado. Con este milagro Jesús protegió a Pedro de ser arrestado al reversar el efecto de su acto impulsivo.

A propósito, Jesús no estaba argumentando en contra de tomar las armas en un sentido general. Era un recordatorio de que Pedro era muy superado en número por soldados profesionales y no tenía esperanza de sobrevivir. Si él insistía en blandir su espada, seguramente moriría a espada en manos de los soldados.

Esa noche Jesús soportó varios juicios, todos ellos ilegales. Los judíos se enorgullecían de su misericordia y raramente invocaban la pena de muerte. Las acusaciones formales siempre debían presentarse antes de llevar a un acusado a juicio. Los juicios nunca se llevaban a cabo en secreto ni en la noche. La sentencia requería una decisión unánime del Sanedrín, y ellos tenían la regla de “dormir primero” antes de votar al día siguiente. Se necesitaba el testimonio de dos testigos independientes para confirmar y establecer la culpabilidad de la persona. Nada de eso fue el caso con la condena del Señor. No se presentaron acusaciones formales. El grupo de líderes que lo juzgaron excluyeron a propósito cualquier persona que podría haber tenido compasión por Él. Jesús fue condenado solamente por Su testimonio, y confinado a una celda para una ejecución temprano en la mañana. La regla de dormir primero fue ignorada.

Cuando Judas se enteró de que Jesús había sido condenado, reconociendo su terrible error, trató de deshacerlo al retornar las 30 piezas de plata que le habían pagado por traicionar a Jesús. Al fracasar en su intento, tiró el dinero en el Templo y huyó. Debido a que estaba contaminado, los sacerdotes no podían devolver ese dinero al tesoro del Templo, así que compraron con él el campo del alfarero para sepultura de los extranjeros (Mateo 27:6-7). Todo esto había sido predicho con un asombroso detalle 450 años antes (Zacarías 11:12-13). En su desesperación, Judas se quitó la vida.

Debido a que los líderes judíos no tenían la autoridad de ejecutar a un criminal, Jesús debía ser encontrado culpable de un crimen capital bajo la ley romana. Así que lo llevaron ante Poncio Pilato para exponer su caso. Pero Pilato no pudo ser persuadido por ellos. Intentó liberar a Jesús, pero la alterada muchedumbre que se había reunido exigió que Jesús fuese crucificado. Los líderes judíos los habían provocado en contra de Jesús y no iban a conformarse con algo menos que no fuera Su ejecución. Cuando Pilato insistió que Jesús no había hecho nada para merecer la muerte, la muchedumbre gritó aún más fuerte, “¡Crucifícalo!” Finalmente, Pilato pidió agua y de manera simbólica, se lavó las manos, diciendo, “Inocente soy yo de la sangre de este justo; ahora es responsabilidad de ustedes” (Mateo 27:24).

Toda el pueblo respondió, “Su sangre caiga sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:25). Y así ha sido durante los últimos 1985 años. Pilato hizo que lo flagelaran y luego lo entregó para crucificarlo.

El método romano de flagelación era tan brutal que muchos prisioneros no sobrevivían. Cuando terminaron con Jesús Él sufría de una conmoción profunda. Los látigos habían cortado la piel y los músculos de Su espalda exponiendo los huesos de Su caja torácica. Pero lo peor aún estaba por venir.

Eran las nueve de la mañana cuando Jesús fue clavado en la cruz y durante las siguientes seis horas Él soportó el método más doloroso de ejecución jamás inventado. La crucifixión es esencialmente una muerte por asfixia. Puesto que el condenado colgaba de sus brazos, no podía inhalar una respiración completa a menos que apoyara su peso sobre sus pies. Pero al apoyarse en los clavos que perforaban sus pies le producía tanto dolor que solamente podía hacerlo durante unos pocos segundos cada vez, de tal manera que sus pulmones se llenaban lentamente de dióxido de carbono hasta que ya no podía respirar más. Isaías 53:4-5 nos dice que la magnitud de nuestros pecados hizo necesaria esta brutalidad para asegurar nuestra sanidad espiritual y física.

Al medio día una oscuridad cubrió toda la tierra. Dios volvió su rostro, incapaz de observar, quitando así Su luz del mundo. 750 años antes el profeta Amós les advirtió que eso sucedería.

Sucederá en aquel día, dice el SEÑOR omnipotente, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en pleno día” (Amós 8:9).

A través de esta incalificable y terrible experiencia Jesús no pronunció ni un solo quejido. Con todo el poder del universo a Su alcance, sin embargo, Él permitió ser llevado como una oveja al matadero (Isaías 53:7). Pero el dolor de verse separado de Su Padre fue demasiado para que Él pudiera soportarlo. Finalmente, a las 3 PM Él clamó por primera vez. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

Sabiendo Jesús que ya todo estaba terminado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Todo se ha cumplido. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.” (Juan 19:28-30)

Durante la última cena Jesús dijo que Él no bebería del fruto de la vid hasta que lo volviera a beber con ellos en el Reino de Su Padre (Mateo 26:29), y Él había rechazado beber de él más temprano en ese día (Mateo 27:34). Pero ahora Él pedía un sorbo.

También, la palabra griega traducida “todo se ha cumplido” era un término común que significaba “pagado en su totalidad” en términos legales y en asuntos comerciales. La deuda del pecado que la humanidad le debía a Dios había sido pagada en su totalidad. Al unir estas dos cosas podemos ver, por la muerte del señor, que la primera fase del Reino, más tarde conocida como la Iglesia, había llegado.

A pesar de que pasarían varias horas antes de que el cuerpo del Señor fuese removido de la cruz y colocado en una tumba, ya para las 3 PM Su Espíritu había partido y estaba en el paraíso. Las cuatro narraciones de los Evangelios concuerdan en que la muerte del Señor ocurrió en el Día de Preparación, como se había llegado a conocer la Pascua (Mateo 27:62, Marcos 15:42, Lucas 23:54, Juan 19:31). Cristo, nuestro Cordero Pascual, había sido sacrificado (1 Corintios 5:7) en la Pascua.

Los líderes judíos le pidieron a Pilato que los hombres crucificados fueran bajados de las cruces antes del atardecer cuando ya sería el día 15 de Nisán, y el comienzo de la Fiesta de los Panes sin Levadura. Ese era un Sabbat especial durante el cual nadie podía trabajar (Levítico 23:6-7) y ellos querían que las cruces estuvieran vacías para entonces (Juan 19:31). José de Arimatea, un hombre rico y creyente en Jesús, pidió y recibió el cuerpo de Jesús. Él y Nicodemo, otro prominente creyente, lo colocaron en la tumba del mismo José pero no pudieron terminar el proceso de sepultura antes del atardecer cuando empezaba el Día Santo.

Viernes, 15 Nisán. La Fiesta de los Panes sin Levadura

En los tiempos bíblicos para la mayor parte de Israel el 15 de Nisán era un día de celebración y descanso, que conmemoraba su liberación de la esclavitud en Egipto. Al comienzo del día 14 ellos comían de manera rápida una cena ceremonial de cordero, de pan sin levadura y yerbas amargas como sus ancestros lo habían hecho. Los rabinos decían que si consumían un pedazo de cordero aunque fuera del tamaño de una aceituna cumplían los requisitos del día. Luego pasaban el resto del día 14 preparándose apresuradamente para la fiesta que se avecinaba. Por eso es que el día 14 se conoció como el Día de Preparación.

Pero en el día 15 la historia era diferente, puesto que aquí es que cuando ellos tenían una cena grande que comían despacio mientras recordaban la historia del Éxodo. Era una festividad nacional durante la cual no se hacía ningún trabajo.

Para los discípulos este era un momento de duelo. Su maestro, su Mesías, había sido ejecutado y sentían que los tres años de preparación para el Reino venidero no habían servido para nada. También estaban temerosos de escuchar el sonido de los soldados que venían a arrestarlos en un esfuerzo para terminar por completo con el movimiento mesiánico en el cual ellos habían puesto tanta esperanza. Jesús les había dicho que llorarían y harían duelo mientras el mundo a su alrededor estaría regocijándose. Él dijo que ellos lamentarían, pero que su lamento se volvería en un gozo que nadie podría quitárselos (Juan 16:20-22). Pero por el momento, solamente había dolor.

Sin poder ser vistos por los vivos otro grupo estaba teniendo una celebración aún mayor que la de los judíos en Israel. Los espíritus de los creyentes del Antiguo Testamento que habían muerto con la esperanza de un redentor que vendría a pagar por sus pecados finalmente lo habían conocido. Jesús le había prometido a uno de los hombres que fue crucificado con Él que estarían juntos en el paraíso ese mismo día (Lucas 23:42-43), y efectivamente allí estaba Él, predicando las Buenas Nuevas de que la fe de ellos había sido justificada. Pronto los estaría llevando al Cielo (Efesios 4:8).

Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en cuerpo según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” (1 Pedro 4:6).

Él no estaba allí para ser atormentado por el diablo, como algunas personas enseñan, sino para anunciar Su victoria, una victoria en la cual aquellas personas en el Paraíso pronto compartirían. Recuerden, justo antes de morir, Él dijo, “Todo se ha cumplido [Consumado es].” El precio había sido pagado en su totalidad, la obra había sido terminada. Ya no habría más sufrimiento.

Mientras Él estaba allí también proclamó Su victoria sobre los espíritus aprisionados de aquellas personas que se habían rebelado en contra de Dios en los días antes del diluvio (2 Pedro 3:18-20). Algunas personas dicen que estos son los ángeles caídos que están encadenados mientras esperan su juicio final (Judas 1:6).

Sábado, 16 Nisán. El Sabbat semanal

Pisándole los talones al Sabbat especial del día anterior eso quería decir que las mujeres una vez más no estaban permitidas a preparar el cuerpo del Señor para la sepultura. Si hubiese habido un día regular de trabajo entre la crucifixión y la resurrección, ellas habrían podido preparar el cuerpo inmediatamente, como era la costumbre, y no habrían estado allí para descubrir que había desaparecido.

Domingo, 17 Nisán. La Resurrección, La Fiesta de las Primicias

La Fiesta de las Primicias siempre se celebraba el día después del Sabbat que le seguía a la Pascua. Cuando los sacerdotes llevaban una muestra de la cosecha al Templo para su dedicación, las mujeres se estaban preparando para terminar el trabajo que José y Nicodemo habían empezado tres días antes. Pero cuando llegaron a la tumba descubrieron que el cuerpo del Señor no estaba allí. Un ángel les dijo que había resucitado, tal y como Él dijo que lo haría, primicias de la primera resurrección.

Jesús se le apareció por un momento a María Magdalena y habló con ella afuera de la tumba esa mañana, diciéndole que no lo tocara pues aún no había ido al Padre. El escritor de la Carta a los Hebreos nos dice que Él estaba llevando Su sangre para rociarla sobre el altar en el Cielo en Su capacidad como nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 9:11-12). Esto les abriría las puertas del Cielo a todos los creyentes. María corrió a contárselo a los demás, pero para cuando Pedro y Juan llegaron ya el Señor no estaba. Ambos inspeccionaron cuidadosamente la tumba, sorprendidos al verla vacía.

Esa misma tarde Jesús se puso a la par de dos de Sus seguidores en el camino a Emaús, pero inicialmente ellos no lo reconocieron. Cuando les preguntó por qué estaban tan decaídos, le explicaron todo lo que había sucedido en relación con Jesús de Nazaret y estaban sorprendidos de que Él no estuviera enterado. Y lo que es más, ellos dijeron que ya era el tercer día desde que eso había sucedido (Lucas 24:13-21).

Ese comentario por sí solo debió haber sepultado la controversia que gira alrededor del día actual de la crucifixión del Señor. Piénselo. Era domingo, el tercer día desde que eso había sucedido. Eso quiere decir que el sábado habría sido el segundo día, viernes el primer día, haciendo que el jueves fuera el día en que sucedió la crucifixión.

Esa noche Jesús les apareció a diez de Sus discípulos. (Judas estaba muerto y Tomás no estaba presente.) Por primera vez ellos recibieron el Espíritu Santo (Juan 20:19-22).

Entonces les abrió el entendimiento para que pudieran comprender las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito, y así era necesario, que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando por Jerusalén. De esto, ustedes son testigos. Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes, quédense en la ciudad de Jerusalén hasta que desde lo alto sean investidos de poder.»” (Lucas 24:45-49).

Durante estos ocho días el Señor vivió la doctrina esencial de nuestra fe. Pablo escribió más tarde, “Porque primeramente les he enseñado a ustedes lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4). Creyendo esto es lo que nos hace ser cristianos. La tumba vacía es la prueba de que nuestra fe no es en vano. Selah 07/04/12.