Romanos: El Evangelio según Pablo… Parte 4

Domingo, 22 de enero de 2017

Un estudio bíblico por Jack Kelley

Pablo utilizó la mayor parte de tres capítulos de su carta para mostrarnos la necesidad desesperada que tiene el hombre por un salvador. Cualquier justificación que podamos ganar por nuestros propios medios es totalmente inadecuada para ser aceptada según las normas de Dios. Nosotros necesitamos adquirir una justicia igual a la Suya para poder habitar en Su presencia. Gracias a Dios esa justicia está disponible. Fue dispuesta así por el mismo Señor y es impuesta en nosotros por la fe en Su obra completa en la cruz.

Romanos 5 & 6

Romanos 5

Paz y Gozo

Así, pues, justificados por la fe tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien tenemos también, por la fe, acceso a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos regocijamos en los sufrimientos, porque sabemos que los sufrimientos producen resistencia, la resistencia produce un carácter aprobado, y el carácter aprobado produce esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado. (Romanos 5:1-5).

El sufrimiento normalmente no es una causa para gozarse, pero como creyentes tenemos el derecho de gozarnos aun así porque “sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (Romanos 8:28). “Regocíjense en el Señor siempre”, nos dice Pablo. “otra vez les digo, ¡regocíjense!” (Filipenses 4:4).

Porque a su debido tiempo, cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los pecadores. Es difícil que alguien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios muestra su amor por nosotros en que, cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:6-8).

Observen cómo dice, “Cristo… murió por los pecadores”, y “cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. Pablo no dice, “Porque ustedes se lo merecen” o aun “Si ustedes se hacen merecedores”, sino que simplemente dice, “Cristo murió por los pecadores… cuando aún éramos pecadores”. Jesús murió por todos nosotros también, sin tomar en cuenta nuestros méritos o nuestra justicia, ya sea que lo aceptemos o no. ¿Cómo es que aquellas personas que han rechazado ese regalo pueden justificar el haberlo hecho?

Con mucha más razón, ahora que ya hemos sido justificados en su sangre, seremos salvados del castigo por medio de él. Porque, si cuando éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, mucho más ahora, que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos regocijamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación (Romanos 5:9-11).

Salvos de la ira de Dios. Aquí encontramos otra vez esa palabra “de”. La vimos primeramente en 1 Tesalonicenses 1:10 en donde Pablo nos dice que hemos sido librados “de” la ira venidera. La palabra griega es “apo”. Esta denota partida y separación, como la separación de una parte del todo, colocando una distancia entre ellas, tanto en espacio como en el tiempo, y de manera abrumadora significa “de” o “fuera de”. Antes de la ira venidera, todas aquellas personas que son salvas serán separadas de las que no lo son. Separadas en el espacio y en el tiempo. Eso quiere decir que no vamos a estar aquí cuando eso suceda. Nosotros hemos sido justificados (hechos justos), hemos sido reconciliados (devueltos al favor de Dios), y hemos sido salvados (rescatados del peligro y la destrucción). ¡Alaben al Señor!

La muerte por medio de Adán, la vida por medio de Cristo

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por medio del pecado entró la muerte, así la muerte pasó a todos los seres humanos, por cuanto todos pecaron. Antes de la ley ya había pecado en el mundo, aunque el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley. No obstante, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun para aquellos que no pecaron del mismo modo que Adán, el cual es figura de aquel que había de venir (Romanos 5:12-14).

Solamente había un mandamiento en tiempos de Adán, y él lo quebró. Esto trajo la muerte y permitió que el pecado entrara así al mundo. A pesar de que los mandamientos aun no se habían dado y, por lo tanto, el pecado no se estaba midiendo, el pecado estaba ahora en el mundo y todas las personas pecaron, por lo que todas ellas murieron.

Pero el pecado de Adán no puede compararse con el don de Dios. Pues si por el pecado de un solo hombre muchos murieron, la gracia y el don que Dios nos dio por medio de un solo hombre, Jesucristo, abundaron para el bien de muchos. El don de Dios no puede compararse con el pecado de Adán, porque por un solo pecado vino la condenación, pero el don de Dios vino por muchas transgresiones para justificación. Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia mediante un solo hombre, Jesucristo (Romanos 5:15-17).

A pesar de que todas las personas mueren debido al pecado de una sola, la muerte del Señor hace mucho más que simplemente restaurar a las personas a la vida. Innumerables bendiciones se acumulan para aquellas personas que reciben el regalo de la gracia de Dios, tanto en esta vida como en la próxima.

Así que, como por la transgresión de uno solo vino la condenación a todos los seres humanos, de la misma manera por la justicia de uno solo vino la justificación de vida a todos los seres humanos. Porque así como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos. La ley se introdujo para que abundara el pecado; pero cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para traer muerte, también la gracia reine por la justicia para darnos vida eterna mediante Jesucristo, nuestro Señor (Romanos 5:18-21).

La única falta que cometió Adán tendría como resultado la condenación de toda la humanidad. La Ley fue dada para mostrarnos lo pecadores que verdaderamente somos. Pero la muerte de nuestro Señor nos trajo un regalo de gracia lo suficiente como para cubrir todos nuestros pecados y dotarnos con la justicia que es igual a la justicia de Dios, pudiendo calificar así para que tengamos vida eterna con Él (2 Corintios 5:21).

Romanos 6

Muertos al Pecados, Vivos en Cristo

Entonces, ¿qué diremos? ¿Seguiremos pecando, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Porque por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.

Porque si nos hemos unido a Cristo en su muerte, así también nos uniremos a él en su resurrección. Sabemos que nuestro antiguo yo fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pecado (Romanos 6:1-7).

Este regalo de la gracia no es ninguna licencia para pecar. Al contrario, nosotros hemos sido liberados de la atadura del pecado. Ahora es que podemos escoger vivir una vida agradable a Dios, sin ser esclavos sino libres. Conforme nos sumergimos en las aguas bautismales nuestro otro yo murió, y nacimos de nuevo convertidos en una nueva creación, con un nuevo potencial y nuevas posibilidades. ¡Lo viejo se ha ido, y lo nuevo ha llegado! (2 Corintios 5:17). No es que llegará, sino que ha llegado. En los ojos del Señor ahora somos tan justos como Él es, con el poder de vivir una vida que Él siempre ha deseado que vivamos. Una vida que le da la gloria a Él y la paz a nosotros.

Así que, si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo resucitó y que no volverá a morir, pues la muerte ya no tiene poder sobre él. Porque en cuanto a su muerte, murió al pecado de una vez y para siempre; pero en cuanto a su vida, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni lo obedezcan en sus malos deseos. Tampoco presenten sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y presenten sus miembros a Dios como instrumentos de justicia. El pecado ya no tendrá poder sobre ustedes, pues ya no están bajo la ley sino bajo la gracia. (Romanos 6:8-14).

Únicamente los creyentes gozan del poder de la elección en sus vidas. Puesto que hemos sido liberados de la atadura del pecado, podemos escoger vivir una vida que los incrédulos nunca pueden esperar vivir, y podemos hacerlo sin temor al fracaso, aspirando a sus niveles más altos, sabiendo que Su gracia es suficiente cuando caemos. No importa cuán grande sea el desastre de ayer, con cada mañana llega un nuevo comienzo, lleno de promesas.

Esclavos de la Justicia

¿Entonces, qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera! ¿Acaso no saben ustedes que, si se someten a alguien para obedecerlo como esclavos, se hacen esclavos de aquel a quien obedecen, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia? Pero gracias a Dios que, aunque ustedes eran esclavos del pecado, han obedecido de corazón al modelo de enseñanza que han recibido, y una vez liberados del pecado llegaron a ser siervos de la justicia. Hablo en términos humanos, por la debilidad de su naturaleza humana. Así como para practicar la iniquidad presentaron sus miembros para servir a la impureza y la maldad, ahora, para practicar la santidad, presenten sus miembros para servir a la justicia.

Cuando ustedes eran esclavos del pecado, eran libres en cuanto a la justicia. ¿Pero qué provecho sacaron de eso? Ahora ustedes se avergüenzan de aquellas cosas, pues conducen a la muerte; pero como ya han sido liberados del pecado y hechos siervos de Dios, el provecho que obtienen es la santificación, cuya meta final es la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 6:15-23).

La canción de Dylan dice, “Puede ser el diablo o puede ser el Señor, pero tú tendrás que servir a alguien”. Nosotros podemos servir al dios de este mundo el cual ofrece la muerte como recompensa, o podemos escoger servir al Dios de Vida y recibir así una porción eterna de Su abundancia. Esos son nuestras dos únicas alternativas. El incrédulo vuelve a ver su vida mundana y anhela otra oportunidad, porque sabe que él tiene todo lo que va a poder tener jamás. El creyente mira hacia delante hacia la vida eterna porque él sabe que eso es lo mejor que está aun por venir. Selah. 27/01/2007.

Share Button