Romanos: El Evangelio según Pablo … Parte 6

Miércoles, 25 de enero de 2017

Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

En nuestra última parte completamos la Escuela de Derecho y vimos la posición imposible en que nos encontramos. Debido a la naturaleza pecaminosa que hemos heredado, nuestros cuerpos nos traicionarán sin importar lo mucho que nos esforcemos para tratar de vivir según las normas de Dios. De hecho mientras más nos esforzamos, más seguro es nuestro fracaso. En cuanto a la realización de nuestra propia salvación se refiere, no tenemos esperanza, somos incapaces, no valemos nada, ni servimos para nada. El remedio que nos dio el Señor para nuestra situación fue el ofrecernos el inmerecido perdón que fue comprado con Su propia sangre. Entonces, ahora ya estamos listos para ver más de cerca la increíble bendición que llamamos Gracia.

Romanos 8:22-39

Porque sabemos que toda la creación hasta ahora gime a una, y sufre como si tuviera dolores de parto. Y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos mientras esperamos la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque con esa esperanza fuimos salvados. Pero la esperanza que se ve, ya no es esperanza, porque ¿quién espera lo que ya está viendo? Pero si lo que esperamos es algo que todavía no vemos, tenemos que esperarlo con paciencia (Romanos 8:22-25).

Así como la creación gime debido a los terremotos y huracanes con la esperanza de ser restaurada a la perfección de su estado original, de la misma manera nosotros también deseamos ser despojados de la maldición que está sobre nosotros, que es nuestra naturaleza pecaminosa. Cómo anhelamos que nuestros cuerpos físicos sean finalmente liberados de los defectos y las enfermedades que nos afligen para despertar cada mañana sabiendo de cierto que nunca más nuestros pensamientos y acciones traicionarán nuestro deseo de complacer al Señor. Nunca más volveremos a decepcionar, avergonzar u ofender a Aquel que nos ha dado tanto. Finalmente, seremos dignos de poder vivir en Su presencia para siempre. Esta es nuestra esperanza bienaventurada.

De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues no sabemos qué nos conviene pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Pero el que examina los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios (Romanos 8:26-27).

Cuando el Señor alimentó a los cinco mil, logró atraer su atención. Lo siguieron alrededor de todo el Mar de Galilea para que les diera de comer una vez más. Pero cuando Él les dijo que Él era el Pan de Vida y Su meta era darles la Vida Eterna, y no comida gratuita, se alejaron desilusionados y furiosos. Y así como ellos, nuestras mentes están tan contaminadas que algunas veces no sabemos qué pedir. Le presentamos al Señor con toda una lista de nuestros deseos… “haz las cosas más fáciles, mejor y más rápido”… todo basado en nuestro propio e inmediato interés. Pero cuando lo hacemos, el Espíritu Santo que habita en nosotros, ora en nuestro favor por las cosas que en realidad necesitamos. Este es quizás el servicio más grande que Él hace por nosotros, pedir por lo que necesitamos y no por lo que queremos.

Más que vencedores

Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó (Romanos 8:28-30).

Casi todas las palabras en estos tres versículos merecen un estudio en sí mismas. Solamente tomaremos unas pocas. Todas las cosas significa todo, sin excepciones, aun las cosas que creemos que son contratiempos, fracasos, o desastres completos. Él hace que todas las cosas les salgan bien a los que le aman.

Amor. El idioma griego tiene cuatro palabras para “amor”. Esta es la que tiene la forma más noble. Significa entregarse totalmente al objeto del afecto de uno, sin importar su respuesta. ¿Describe eso el amor que usted le tiene a Dios? Si eso es así, entonces lo que sigue se le aplica a usted.

¿Cuál es Su propósito en llamarnos? Efesios 3:10-11 dice, “Para dar a conocer ahora, por medio de la iglesia, su multiforme sabiduría a los principados y poderes en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que llevó a cabo por medio de Cristo Jesús nuestro Señor”. Su propósito al llamar a la iglesia es demostrarles a todas las personas los poderes celestiales y las variaciones infinitas de Su sabiduría. Los ámbitos angelicales aprenden sobre el carácter de Dios observando cómo es que Él trata con usted y conmigo.

La frase “a los que antes conoció” significa que Dios sabía antes de que empezara el tiempo, quién sería Suyo. Al saberlo, Él predestinó, o señaló, para hacernos conforme a la imagen de Su Hijo. Al saber cómo es que estas dos palabras interactúan se elimina cualquier conflicto entre otras dos palabras: acción y elección. En nuestra propia vida, en nuestro propio tiempo, en nuestro propio corazón, nosotros elegimos ser salvos (acción). Antes de que Dios fundara la Tierra, miró a través del tiempo y nos vio haciendo eso, e inmediatamente se aseguró de que nadie pudiera interferir con ello (elección). Entonces, en el momento apropiado de nuestras vidas, Él nos llamó para que hiciéramos lo que ya Él sabía que haríamos, y cuando respondimos, Él selló el Espíritu santo en nosotros para que nadie pudiera deshacer eso.

Esto también explica toda la profecía. Dios no escribió ese guión para la humanidad y así obligarnos a actuarlo. Él nos dio el derecho de tomar nuestras propias decisiones. Sabiendo de antemano la decisión que tomaríamos es que Él puede escribirla antes de que suceda. La profecía es la historia de nuestro mundo escrita por adelantado.

Hay otra cosa que Él hizo por adelantado para justificarnos. Justificar significa considerarnos como si fuésemos totalmente inocentes. Pero no lo somos. Somos pecadores. La única manera como Él podía hacer eso era tomar sobre Sí mismo el castigo debido a nuestros pecados y morir en nuestro lugar. Cuando aceptamos Su muerte como el pago completo por nuestros pecados, le permite a Él vernos como si nunca hubiéramos pecado (2 Corintios 5:17).

Habiéndonos justificado como Él es (2 Corintios 5:21) Él ahora nos puede hacer tan gloriosos como Él también es. Desde Su perspectiva, ya esto ha sido logrado en la eternidad. Solamente estamos esperando el momento para ponernos al día. “Y también junto con él nos resucitó, y asimismo nos sentó al lado de Cristo Jesús en los lugares celestiales, para mostrar en los tiempos venideros las abundantes riquezas de su gracia y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:6-7). ¿Ven ahora lo que quiero decir? El tiempo verbal está en el pasado. Él ya lo hizo. Y lo más admirable de eso es que no solamente Él nos perdonó, lo que hubiera sido mucho más de lo que merecemos. ¡No! Él fue más allá de lo que podemos imaginar para darnos una eternidad que incluye hacernos conforme la imagen de Su Hijo (quien es a su vez la imagen de Su Padre, Colosenses 1:15) y sentarnos a Su lado en Su Trono, como coherederos y corregentes con el Hijo de Dios.

¿Qué más podemos decir? Que si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar en contra de nosotros. El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la derecha de Dios e intercede por nosotros. (Romanos 8:31-34).

El Espíritu Santo intercede por nosotros. El Hijo intercede por nosotros. ¿Cómo podría nuestro Padre Celestial, habiéndonos ya dado la vida de Su propio Hijo, no darnos, además, todo lo bueno? “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). ¿Quién podría disuadirlo de ello?

¿Qué podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada? Como está escrito: «Por causa de ti siempre nos llevan a la muerte, somos contados como ovejas de matadero.» (Salmo 44:22)

Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor (Romanos 8:35-39).

A nosotros no se nos promete una vida libre de dificultades. Algunos de nosotros ya hemos tenido, o estamos teniendo, dificultades, persecución y aun la muerte por nuestra fe. Pero nada de lo que nos puede suceder, nada de lo que ahora estamos haciendo o haremos en el futuro, ya sea impulsados por motivos naturales o sobrenaturales, podrá cambiar el hecho de que somos Suyos.

Puedo imaginarme a Pablo pensando en Pedro cuando escribió lo anterior. Pedro fue el confidente más cercano del Señor, impávido en su coraje, testigo ocular de miles de milagros, quien fue el primero en confesar que Jesús es el Cristo. La misma noche que sacó su espada para ponerse entre su Señor y la compañía de soldados, una humilde joven sirvienta lo atemorizó al grado de negar públicamente al Señor, maldiciendo y jurando cuando corriendo huía del lugar. Y a pesar de ello, el Señor conocía el corazón de Pedro y lo pudo restaurar. Una vez salvo, siempre salvo, Pedro.

Las que son mis ovejas, oyen mi voz; y yo las conozco, y ellas me siguen. Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno.» (Juan 10:27-30). Selah 17/02/2007.