Isaac e Ismael, Una Alegoría

Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa (Gálatas 4:22-23).

Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora. Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre (Gálatas 4:28-31).

Otra manera de decirlo es que un hijo de Abraham nació según la carne y el otro nació según el Espíritu. Cuando Sara tomó las cosas en sus propias manos y le dio Agar a Abraham, el resultado fue un hijo que nació de la manera natural, y que es la unión biológica del espermatozoide con un óvulo.

Pero cuando Sara tenía 90 años y Abraham 100, nació Isaac. Desde todo punto de vista eso fue un milagro, un evento sobrenatural. Sara dijo, “Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo. Y añadió: ¿Quién dijera a Abraham que Sara habría de dar de mamar a hijos? Pues le he dado un hijo en su vejez” (Génesis 21:6-7).

La Alegoría

Esto hace un gran modelo de la vida del creyente. Primero, nosotros nacemos de manera natural, nacemos en la carne por la unión de un espermatozoide con un óvulo. Después, nacemos de nuevo, de una manera sobrenatural, nacemos en el Espíritu.

Jesús dijo, “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:5-6). El nacer del agua se refiere al hecho de que en el vientre de nuestra madre, maduramos dentro de una bolsa de líquido amniótico, o agua. Cuando se inicia el proceso del nacimiento, nuestra “agua se rompe” y pronto nacemos en la carne. Después, cuando le pedimos al Señor que nos perdone y lo recibimos como nuestro Salvador, nacemos de nuevo, nacemos en el Espíritu. El Señor dijo que solamente un nacimiento no era suficiente; se necesitan los dos nacimientos para poder entrar en el Reino.

Pablo también habló sobre el resultado de nuestro primer nacimiento en la carne. Nuestra carne es como Ismael, más vieja, más grande y más fuerte. Él es el auto dirigido, auto centrado y acostumbrado a ser el único, y también acostumbrado a tener la última palabra. Él es el experimentado e independiente, y actúa por su propia iniciativa. Al valorar una situación, dice, “Yo, ¿Qué es mejor para mí”?

Nuestro espíritu comienza como Isaac, más joven, más pequeño y más débil. Él está dirigido por Dios y está centrado en Dios. Él es un recién llegado, sin experiencia y dependiente. Él consulta con el Espíritu de Dios. Al evaluar una situación el dice, “Señor, ¿Qué es lo mejor para ti?”

A la carne no le gusta el espíritu y piensa que es débil y se burla de él. Trata de ejercer control sobre él, empujarlo a un lado y silenciar su voz.

Este es el desafío al que nos enfrentamos cuando nacemos de nuevo. ¿A cuál de los dos ponemos a cargo? Los estudiantes de arquitectura aprenden que el punto débil de una estructura se muestra bajo presión. Lo mismo es con nosotros. Mientras estemos viviendo en nuestra rutina y no intentemos nada fuera de lo ordinario, ambos se llevan bien. Pero cada vez que surge una situación inusual que nos enfrenta con una presión, la carne de inmediato sale al ataque para prevenir que el espíritu ejerza control. Esto puede ser algo desde cómo responder por el lugar en que fuimos puestos, o fuimos rechazados, hasta el decidir si hemos de darle al Señor nuestra vida terrenal en gratitud por haber recibido la vida eterna debido a Él.

Ismael no estaba interesado en el plan de Dios para un hijo de Abraham. Él era el primogénito y resintió la intrusión de un recién llegado a su familia, usurpando sus derechos. Similarmente, nuestra carne no está interesada en el plan de Dios para nuestra vida, solamente se interesa en sus propios deseos egoístas.

Podemos pensar que Sara estaba en su acostumbrado yo dominante cuando le exigió a Abraham, que despidiera a Agar y a Ismael y los enviara lejos. Después de todo, todo el asunto había sido idea suya. Y Abraham se sintió muy mal por eso, porque Ismael era su hijo. Pero Dios le dijo, “No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia” (Génesis 21:12).

Pablo nos dice que debemos tomar la misma decisión. “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17).

Nuestro Poder Más Grande

La carne y el espíritu no pueden co-existir. Lo único que tienen en común es a usted. La salvación produce un nuevo corazón y un nuevo espíritu, pero no una nueva carne. Debemos aprender caminar en el espíritu y negar la carne, preferir la voluntad de Dios para nuestras vidas sobre la propia. Pablo nos exhorta para que no nos conformemos más al modelo del mundo, sino que nos transformemos por la renovación de nuestras mentes (Romanos 12:1-2 & Efesios 4:23). Él estaba hablando sobre cómo aprender a ejercitar nuestro poder más grande para alejar la carne.

Él dijo que este poder es como el trabajo del poder majestuoso de Dios, el cual Él ejerció en Cristo cuando lo levantó de los muertos y lo sentó a Su diestra en los lugares celestiales (Efesios 1:20). Él dijo que este es un poder divino que puede derribar fortalezas (malos hábitos y actitudes) y cualquier argumento y altivez que se levante en contra del conocimiento de Dios (la mala información) (2 Corintios 10:3-5).

Este poder es la habilidad dada por Dios para poder escoger cualquier respuesta que deseemos ante cualquier circunstancia a la que nos podamos enfrentar. Parece tan simple, y sin embargo, puede tener un efecto profundo en nuestras vidas. Piénselo. Nosotros podemos decir “no” a ese próximo cigarrillo, o trago, o bocadillo, o salida, o a cualquier otra tentación. Cuando alguien nos hiere podemos responder con amor y no con ira. Podemos escoger la paciencia ante la frustración. Podemos poner la otra mejilla, dar más de lo que se nos pide, perdonar y aun olvidar.

A pesar de que es así de simple, no es fácil. Recuerden, la carne es más vieja, grande y fuerte. Ha estado acostumbrada a ser la primera, y no se dará por vencida tan fácilmente. Hay mucha inercia que debe de vencerse. Durante toda nuestra vida la carne ha estado a cargo. No va de un momento a otro a apartarse a un lado solamente porque hemos invitado a una nueva fuerza a que resida con nosotros. Mientras estemos en esta tierra, habrá confrontaciones entre la carne y el espíritu. Recuerden, Isaac e Ismael han estado confrontados durante 4.000 años.

Y por supuesto habrá momentos en los que le permitiremos a la carne que gane. Estaremos pasando por un mal día, o habremos sido sorprendidos en algo, o estaremos fuera de comunión por un pecado no confesado. Y la carne estará “a la puerta”, igual que en caso de Caín (Génesis 4:7). E igual que Caín, nos olvidamos que es nuestra tarea dominarla y así haremos algo estúpido.

Pero debido a la cruz, no seremos echados fuera. Dios que conoce el fin desde el principio, previó este pecado y lo clavó a la cruz con todos los demás. Ya que hemos aceptado Su muerte como pago por nuestros pecados, Él ha escogido siempre vernos como seremos, en vez de cómo somos. 2 Corintios 5:17 dice que en Sus ojos somos una nueva creación. La vieja se ha ido y una nueva ha llegado. Así Él puede separar a la persona del comportamiento y decir, “Ese no es mi hijo. Mi hijo es tan justo como Yo (2 Corintios 5:21); esa es la carne que mora en Mi hijo” (Romanos 7:17). Entonces, tan pronto como confesamos nuestros pecados somos perdonados, el pecado es olvidado, y somos purificados de toda maldad (1 Juan 1:9).

Ejercer nuestro poder de elección es como hacer cualquier otra forma de ejercicio. Al principio se necesita bastante esfuerzo para obtener un pequeño resultado. Pero conforme perseveramos, el esfuerzo es más fácil y el resultado es más notorio. Y como toda otra forma de ejercicio, uno se siente incómodo al principio. Eso es porque la carne produce sentimientos que provocan nuestras elecciones. La persona que dice, “Si se siente bien, ¡hágalo!” está hablando con la carne. Al principio los sentimientos casi nunca son un buen indicador de la elección. El Espíritu nos recuerda la Palabra de Dios en nuestras mentes y nos provoca actuar de acuerdo a ella. Eso significa que estaremos haciendo elecciones “contrarias a los sentimientos”. La pregunta de “¿Qué Haría Jesús?” a pesar de que ha sido erróneamente utilizada por muchas personas, su intención fue la de recordarnos que debemos actuar según el Espíritu. A pesar de que nuestra lucha con la carne no será ganada hasta que hayamos recibido nuestros cuerpos perfectos, Dios nos ha dado el poder para poder derrotarla cada vez que elijamos hacerlo (Josué 10:25).

El Tiempo y la Eternidad

Derrotar la carne tiene beneficios tanto temporales como eternos. En esta vida es la clave para llevar la vida abundante que Jesús prometió. Las promesas del Señor son reales por lo que si no se están cumpliendo en nuestras vidas es porque la carne lo está impidiendo, ya que el Espíritu quiere para nosotros lo que el Señor quiere. Derrotar la carne nos ayuda a remover los obstáculos que están bloqueando el cumplimiento de Sus promesas.

El derrotar la carne también nos hace ganadores, en la eternidad, de la corona incorruptible de la victoria (1 Corintios 9:24-27). Es una de esas cosas que hará que el Señor diga, “Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu señor”, y entonces Él le dará a usted la corona. Solamente por eso vale la pena el esfuerzo. Selah 30/06/2007.