¿Qué es el pecado?

Miércoles, 3 de agosto de 2016

Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

Juzgando por la retroalimentación que me ha llegado recientemente, algunos de nosotros no sabemos lo que es el pecado. Para los griegos ‘pecado’ se decía hamartia, ‘fallar la meta, no dar en el blanco’. Pero Jesús nos dio la meta en Mateo 5:48, “Saen, pues, ustedes perfectos, como su Padre que está en los cielos es perfecto”. Algo menos que esto es fallar la meta, y ya sea por el pensamiento, palabra u obra, eso es pecado. El propósito principal de Su Sermón del Monte en tres capítulos (Mateo 5—7), fue el de cambiar nuestra percepción del pecado.

Los fariseos creían que obedeciendo los mandamientos no pecaban y, por consiguiente, no necesitaban de un Salvador. Para llegar a esta posición de autoridad, ellos debieron haber vivido una vida tan ejemplar para parecer casi perfectos. El centro de la perfección en su comportamiento los hacía arrogantes, y antipáticos hacia sus hermanos más débiles. Los había hecho menos que útiles para hacer avanzar el Reino. En realidad lo que hacían era ahuyentar a las personas.

Jesús empezó diciendo que al juzgar nuestro comportamiento, Dios no pasaría por alto ni aun el detalle más pequeño de la Ley. Él dijo que aún nuestros pensamientos se tendrían en nuestra contra. La ira es tan mala como el asesinato, dijo, la lujuria es tan mala como el adulterio, etc. Él dijo que a menos que nuestra justicia excediera la de los fariseos no entraríamos en el Reino (Mateo 5:20). Más tarde Él dijo que ellos eran como sepulcros blanqueados que son hermosos por fuera pero están llenos de inmundicia por dentro. Él dijo que de igual forma como aparentaban ser justos ante la gente, así también era su hipocresía (Mateo 23:27-28). Los fariseos eran muy compulsivos sobre su comportamiento, aplicando la Ley hasta en la cosa más pequeña de sus vidas, aun diezmando la menta, el eneldo y el comino que crecía en sus patios (Mateo 23:23). ¿Es que nuestra justicia requiere exceder la de ellos? De acuerdo a su comportamiento, ellos habían llegado a la perfección.

¿De dónde salió eso?

Entonces, ¿de dónde se origina el pecado si no es de nuestro comportamiento? En Marcos 7:20-23 Jesús dijo: “Lo que del ser humano sale, eso es lo que lo contamina. Porque de dentro, del corazón de los seres humanos, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al ser humano”.

Jeremías dijo, “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Esto es lo que quiso decir. Satanás induce los malos pensamientos en el umbral de nuestra mente. Si nosotros inmediatamente capturamos esos pensamientos y los hacemos obedientes a Cristo, no existe ningún daño. Nos hemos protegido de un ataque (2 Corintios 10:3-5). Pero en el instante en que les otorgamos alguna atención, ya hemos pecado. La ira, los celos, la envidia, la lascivia, el resentimiento, la frustración, la auto-compasión, son algunos de los pecados más obvios, pero también está la admiración, el orgullo, la auto-satisfacción, la auto-justificación y una larga lista de otros pecados que le dan la gloria a algo o a alguien más que a Dios. Nuestros corazones, al ser engañosos más que todas las cosas, nos hacen hacer dos cosas. Primero, albergamos estos pensamientos, y segundo, pensamos que si no actuamos de acuerdo con ellos, no hemos pecado. Pero ya sea que actuemos o no, estos y muchos otros pecados son castigados con la muerte. Nadie los ve, y son tan naturales para nosotros que a veces no nos damos cuenta de ellos. Para todas las apariencias externas perecemos estar bien, y ser ejemplos de cristianos bondadosos, pero por dentro estamos podridos hasta la médula.

El Pastor Chuck Smith, fundador de la Iglesia del Calvario, dijo una vez, “No somos pecadores porque pecamos, pecamos porque somos pecadores”. Esa es nuestra naturaleza. Aquellas personas que declaran haber dejado de pecar sencillamente no entienden esto. Lo mejor que podemos decir sobre nosotros mismos es que debido a nuestra conversión es que quizás podemos estar más conscientes de nuestros pecados, pero las investigaciones han demostrado que, en términos generales, la mayoría de nosotros vivimos vidas que no están más libres de pecado que las de nuestros vecinos incrédulos. Como ellos, estamos buscando cosas más grandes y mejores para nosotros mientras ignoramos a la gente necesitada a nuestra alrededor. Como ellos, nos sentimos celosos por el éxito de otras personas mientras le damos crédito a nuestro propio éxito. Como ellos nos enojamos por cosas pequeñas. Como ellos deseamos que nuestras vidas sean diferentes. Como ellos tenemos un punto de vista secular mundano.

Pero lo que últimamente me ha sido de mayor instrucción es la manera en que la mayoría de las personas en realidad piensan que ya no son pecadoras, solamente porque son salvas. Así que el viejo adagio es cierto. Todos queremos la gracia para nosotros mientras exigimos justicia para los demás. Queremos ser juzgados por nuestras intenciones pero queremos que los demás sean juzgados por sus acciones.

Y como la Biblia claramente enseña, el pecado no tiene jerarquía. Todo pecado acarrea la muerte. Nosotros no creemos que el estar furiosos sea pecado, ni que lo sea el envidiar las posesiones de nuestro vecino, ni el vivir una vida de placer de vez en cuando, pero sí exigimos que los demás dejen de pecar pues si no van a ser condenados. Por favor no me malentiendan. No hay nada malo en que uno se sienta incómodo con un comportamiento pecaminoso. Tampoco no es nada malo decidir apartarse del mismo. Y tampoco no hay nada malo en exigir que los líderes de nuestras iglesias se adhieran a los principios bíblicos sobre el pecado. Pero cuando empezamos a decir que cierta forma de pecado descalifica a una persona para la salvación, nos hemos puesto en el lugar de Dios y nos exponemos a que se nos mida con la misma medida que usamos para juzgar a los demás.

No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzgan, serán juzgados, y con la medida con que miden, les será medido” (Mateo 7:1-2).

No juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados” (Lucas 6:37).

Según los estándares bíblicos, todos nosotros pecamos de manera voluntaria, consciente y deliberadamente. El hecho de que algunos pecados a nosotros nos parezcan más obvios que otros, es irrelevante. Es lo que está en nuestros corazones lo que cuenta, y Dios los mira todos. Se nos olvida que Jesús dijo que todo pecado y blasfemia será perdonada excepto la blasfemia en contra del Espíritu Santo (Mateo 12:31). Todo pecado. No solamente uno. Y eso es suficiente para toda la vida.

Arrepiéntase y sea salvo

Habiendo hablado sobre el pecado, también debemos hablar sobre el arrepentimiento. La palabra griega traducida arrepentimiento es metanoéo. Meta significa después, y noeo entender, reconsiderar. Arrepentirse literalmente significa entender después. En el Nuevo Testamento se utiliza para significar un cambio de manera de pensar. La frase “arrepiéntase y sea salvo” significa un cambio de actitud sobre nuestro comportamiento y en darse uno cuenta de que somos pecadores que necesitamos un Salvador. Primeramente se utilizó para los judíos que creían que guardando la Ley serían salvos. Cuando Juan el Bautista (Mateo 3:2), Jesús (Mateo 4:17), y Pedro (Hechos 2:38) le dijeron a la gente que se arrepintieran, les estaban diciendo que cambiaran su forma de pensar de que eran salvos por sus obras. Solamente las personas que saben que su comportamiento es pecaminoso se darán cuenta de la necesidad de un Salvador. Una vez que nos queda claro que somos pecadores y que no podemos salvarnos por nosotros mismos, estamos listos para pedir por la salvación. Nos hemos arrepentido.

Pero en ningún lugar en la Biblia se requiere que uno cambie su comportamiento antes de pedir la salvación. El viejo himno “Tal y como soy” lo deja en claro. Decir que la palabra arrepentirse implica que un cambio de comportamiento es una condición necesaria para la salvación es tener un entendimiento incorrecto de esa palabra. La noción de que los cristianos dejan de pecar una vez que son salvos, es igualmente incorrecta. El hecho de que Dios escoge mirarnos como una nueva creación, es una aptitud de ver hacia adelante a lo que seremos en la resurrección. No se debe a nuestro sorpresivo comportamiento ejemplar.

Hubo un momento en la historia antigua cuando la gente anticipaba los días nublados, porque pensaba que así el Señor no podía verlos y sorprenderlos pecando. Ese día se consideraba como un día libre. Hoy nos damos cuenta de lo absurdo que eso era. Cuando una persona es sorprendida en adulterio, o robando, o en homosexualidad, a todos les es obvio que esa persona está pecando. Pero la persona que en secreto envidia a su vecino por sus posesiones, está celosa, retiene resentimientos, o se auto justifica, es tan pecadora como la primera. La única diferencia es que nadie más lo sabe. O por lo menos nadie en la tierra.

Y luego está el pecado sobre el que no nos damos cuenta que tenemos. Ese es por lo que David escribió, “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmo 19:12). Ni siquiera nos damos cuenta de nuestros propios motivos y a pesar de ello somos prontos para juzgar los motivos de los demás. Decimos que ellos pueden dejar de pecar cuando lo deseen, y que lo hacen es porque escogieron hacerlo, mientras nosotros permanecemos en nuestros pecados secretos habiéndonos convencido de que no estamos pecando, y que no necesitamos dejar de hacerlo.

¿Es que creemos que al condenar a los demás y dudar de su salvación, como tantas personas en la Iglesia lo hacen, con eso los estamos ayudando? Con la mujer descubierta en adulterio, Jesús le salvó la vida al exponer los pecados secretos de sus acusadores. Una vez que esas personas se dieron cuenta de que Él conocía los pecados ocultos de su comportamiento, ya no tuvieron las agallas para condenarla. Esto fue una demostración de Su advertencia en Mateo 7:1-2 de evitar juzgar a los demás a menos que uno quiera ser juzgado de igual manera. Él dijo que se usaría la misma medida que nosotros usamos en los demás, en nosotros también. Cuando Él dijo, “El que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7), de hecho estaba diciendo, “Si ustedes quieren empezar a matar a la gente por sus pecados, ¿quieren enfrentarse al mismo juicio por los de ustedes?” Él puede exponer nuestra hipocresía de la misma manera, mejor sépalo. Si nosotros queremos que otros creyentes sean expulsados del Rapto por sus pecados, ¿estaríamos dispuestos nosotros a ser expulsados también? Todos hemos pecados y estamos apartados de la gloria de Dios. Es cierto, Jesús dijo, “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos” (Mateo 7:21). Pero Él sí puede hacer eso. Él es Jesús. Nosotros no.

Después que se fueron, Jesús le preguntó, “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:10-11). Yo creo que ella dejó de cometer adulterio. Por supuesto, también lo habría dejado de hacer si ellos la hubieran matado, pero ¿habría ella sido liberada de su pecado?

Los fariseos estaban disgustados con Jesús porque consideraban que Él era demasiado “suave” con el pecado. Después de todo, Él andaba con los “pecadores,” cenaba en sus casas, y dijo que había venido a salvarlos, no a condenarlos. Yo he observado que cuando las personas se acercan más a Jesús, más cuenta se dan de sus pecados. Generalmente están de rodillas, llorando y pidiendo misericordia. Los fariseos se mantenían atrás con el ceño fruncido, con los brazos cruzados, condenando en silencio. Yo creo que Pablo estaba escribiendo sobre esta gente cuando dijo que “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4).

Jesús dijo que las prostitutas y los cobradores de impuestos entrarían en el Reino antes que pudieran hacerlo los fariseos. ¿Por qué? Porque ellos sabían que eran pecadores que necesitaban de un Salvador. Se habían arrepentido mientras que los fariseos no lo habían hecho. (Mateo 21:32).

Yo creo que ustedes ya pueden entender esto, lo cual es un recordatorio de que todos somos pecadores que solamente merecemos el juicio. Ninguno de nosotros ha merecido el derecho de irse en el Rapto. Estaríamos tan emocionados al saber que Él nos va a tomar después de todo, que debemos buscar una forma de poder decirle “gracias,” en lugar de estar buscando personas que quisiéramos que fueran excluidas. Y aquellas personas entre ustedes que creen que solamente pecan ocasionalmente, si es que del todo lo hacen, y que todos los demás son solamente débiles, ya es tiempo de que se arrepientan. Admitan que son personas pecadoras y pídanle al Señor que las perdone. Él estará de acuerdo en hacerlo de forma inmediata, y quizás por vez primera, ustedes experimentarán la medida completa de la Gracia de Dios, porque aquella persona a quien se le ha perdonado mucho, ama mucho. Selah 13/12/08.