El Relato de David – Parte 2

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Lunes 8 de febrero de 2021

PARTE 2

1 Samuel 18—20

Después de derrotar a Goliat y ayudar al ejército Israelita a perseguir y vencer a los filisteos, me convertí en el centro de atención de la celebración, pero por alguna razón, ni Saúl ni su general Abner me reconocieron. Por supuesto, ellos eran dos dignatarios muy importantes y yo solamente era un pastor que estaba en edad de crecimiento, apenas en mis años de la adolescencia, pero yo había tocado el arpa para Saúl y era uno de sus escuderos. Cuando Saúl le dijo a Abner que averiguara quién era yo, Abner me trajo ante Saúl y Saúl me preguntó que de quién era yo hijo. Le respondí que “de Isaí de Belén”. Entonces él se recordó.

El hijo de Saúl, Jonatán y yo nos volvimos tan muy buenos amigos que Saúl me dejó con ellos, no permitiéndome que regresara a la casa de mi padre. Jonatán y yo aun hicimos un pacto, jurándonos lealtad mutua para siempre. Como ustedes pronto se darán cuenta, ese tipo de pacto era más fuerte que las relaciones familiares.

Debido a mi valentía frente a Goliat, Saúl me dio un alto rango en su ejército. Me puso a cargo de algunos hombres y nos envió en contra de los filisteos una y otra vez. Cada vez el Señor nos mostraba Su favor y nos daba la victoria. En poco tiempo yo ya estaba al frente de un pelotón de mil hombres, y ciertamente le estábamos haciendo la vida imposible a los filisteos.

Cuando llegábamos a las ciudades de Israel, las mujeres salían a saludarnos, cantando, “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles”. Cuando Saúl oyó eso, se llenó de celos excesivos y comenzó a idear la manera de eliminarme, pues sospechaba que yo estaba tratando de quitarle el reino (Yo no creo que él en verdad había entendido que el Señor ya me había entregado el reino a mí.)

Uno de los premios que Saúl había prometido darle al soldado que matara a Goliat era recibir a su hija en matrimonio, así que Saúl me ofreció a su hija mayor, Merab. No permita usted que ese aparente gesto bondadoso de Saúl lo engañe. Él continuó enviándome a las batallas más fieras, pues había decidido dejar que los filisteos me mataran. De esa forma él volvería a recuperar a su hija y aparentar ser una persona honorable. Pero yo le dije que no era digno de pertenecer a la familia del rey, así que Merab se casó con Adriel meholatita.

Al descubrir que su segunda hija Mical me amaba, entonces Saúl me la ofreció. Él pensó que ella me distraería con su amor y así causaría que yo cometiera un error en una batalla y moriría. Esta vez yo expliqué mi situación con más claridad. Yo no calificaba para casarme con las hijas del rey porque siendo de una familia de pastores, yo era un hombre pobre y no podía costear la dote de una princesa.

Saúl eliminó el asunto de la dote, mientras con toda astucia urdía otro esquema para hacer que los filisteos hicieran el sucio trabajo de Saúl. “Solamente tráeme cien prepucios de filisteos”, me dijo, “y eso será la dote suficiente”. Él sabía que los filisteos morirían antes de dejar que les quitaran sus prepucios, y seguramente cien de ellos serían suficiente para vencerme.

Pero eso a mí me llenó de gozo. Ahora ya me podía casar con Mical. Mis hombres y yo salimos y matamos a 200 filisteos y luego le traje a Saúl todos los prepucios, para asegurarme así de que había cumplido lo que quería. Pronto me convertí en el yerno del rey, pero Saúl estaba ahora más enojado aun. Él comenzó a darse cuenta de que el Señor estaba conmigo, no con él, y ahora tanto un hijo como una hija suyos se habían aliado conmigo.

Reuniendo a sus mejores hombres, Saúl les dio órdenes para que me mataran. Jonatán me dio aviso y luego hizo lo mejor que pudo para persuadir a su padre que me dejara tranquilo. “Él no te ha hecho nada”, le dijo Jonatán, “de hecho, él te ha ayudado mucho. ¿Por qué estás tratando de matarlo?” Ante eso, Saúl le prometió a Jonatán que ya no intentaría matarme, una promesa que pronto dejaría de cumplir. Solamente unos días más tarde, cuando estaba tocando el arpa para el rey, el espíritu malo lo volvió a dominar y me lanzó una lanza para matarme, tratando de clavarme en la pared con ella. Yo me agaché y la lanza pasó de largo, pero esa misma noche me escapé de la casa de Saúl.

Pero Saúl aun no se daba por vencido. Envió asesinos a perseguirme y a vigilar mi casa toda la noche con instrucciones que me mataran tan pronto saliera por la mañana. Mical los descubrió y me sacó por la ventana trasera, diciéndome que huyera en la noche.

“Tú estarás muerto por la mañana si te quedas aquí”, me dijo. Luego tomó una estatua de un terafín que teníamos y la acostó sobre la cama colocando pelos de cabra en la cabeza, para que pareciera que yo estaba durmiendo por si los hombres de Saúl forzaban su entrada en la casa durante la noche. (Obviamente Mical y yo no adorábamos estatuas ni ídolos. Los terafines eran estatuas labradas a imagen de un hombre. En nuestros días eso era una tradición que quedó de los antiguos tiempos del paganismo, para demostrar la verdadera propiedad de algo. Por eso ustedes oirán algunas veces que los terafines son llamados dioses domésticos o ídolos domésticos.)

Saúl quedó lívido cuando se dio cuenta al día siguiente, que Mical me había ayudado a escapar. “¿Por qué me engañaste y permitiste que escapara mi enemigo?” le gritó a su hija. Mical mintió al decirle que yo la había amenazado con matarla si no me dejaba ir.

En cuanto a mí, me dirigí directamente a Samuel. Yo necesitaba alguna protección rápidamente. Él era la cabeza de una escuela de profetas y me escondió entre ellos. Por supuesto que Saúl se enteró y envió a varios hombres para capturarme. Pero cuando venían por mí, el Espíritu de Dios cayó sobre ellos y empezaron a profetizar. Lo mismo sucedió con tres grupos distintos de soldados enviados por Saúl. Cada vez el Espíritu de Dios previno que me capturaran. Finalmente, el mismo Saúl vino por mí, y ustedes no lo creerán, pero el Espíritu hizo que él también profetizara todo el día hasta entrada la noche.

Por medio del poder del Espíritu yo escribí sobre la cruz, pero en realidad yo viví mil años antes. En ese entonces no teníamos al Espíritu morando en nosotros aconsejándonos en cada pensamiento y acción, como ustedes lo tienen hoy día. El Espíritu Santo venía sobre nosotros de tiempo en tiempo, para dirigirnos a hacer las cosas que Dios quería que hiciéramos, o para prevenirnos de hacer cosas que Él no quería que hiciéramos. Mientras que no lo puedo afirmar con seguridad, parecía que el Espíritu Santo hacía que Saúl y sus hombres profetizaran sobre mi futuro como rey de Israel, previniendo que me hicieran daño. Eso fue una investidura temporal, no una permanente, similar a la manera como el Espíritu Santo bajó sobre los Discípulos el Día de Pentecostés, haciendo posible que todas las personas presentes pudieran entenderlos sin importar el lenguaje que hablaban.

Jonatán aun no estaba convencido de que su padre me quería muerto, así que juntos ideamos una prueba. Era el comienzo de un nuevo mes, y según la tradición, era un tiempo de celebración. Saúl y su familia habían programado una fiesta y yo como su yerno fui invitado. Yo le dije a Jonatán que estaría ausente y si Saúl preguntaba por mí que le dijera que yo estaba con mi familia en Belén. Si Saúl no se enojaba, entonces todo estaba bien, pero si se enojaba, entonces sabríamos que aun planeaba matarme. Cuando elaborábamos nuestro pequeño plan, aprovechamos para extender nuestro pacto para incluir a nuestros descendientes.

En el primer día de la fiesta, Saúl no mencionó nada sobe mi ausencia, pero en el segundo día le preguntó a Jonatán dónde estaba yo. Cuando Jonatán le expresó la excusa que habíamos acordado, y le dijo a su padre que él me había dado permiso, Saúl se enfureció. “¿Que clase de hijo eres?” le reclamó, “¿Por qué estás avergonzando a tu madre y a mí? ¿No sabes que David está tratando de robarse el trono que por derecho te toca a ti algún día? ¿No te importa que nunca llegarás a ser rey mientras él esté vivo? Ahora, ve y lo traes para que pueda matarlo”.

“¿Por qué lo quieres matar?” le preguntó Jonatán, a duras penas conteniendo su ira, “¿Qué es lo que te ha hecho?” Pero Saúl le lanzó una lanza a Jonatán, intentando matarlo. Jonatán salió corriendo de su casa lleno de ira, y perdiéndose todo el festival, se apresuró a buscarme para advertírmelo. Después de escuchar las noticias, me postré ante Jonatán tres veces, como un sujeto ante un príncipe, y nos dimos una despedida llena de emoción, jurando de nuevo nuestra amistad permanente, la cual que abarcaría aun hasta nuestros descendientes, para siempre.

Mi nombre se traduce al español como “bien amado” y el de Jonatán como “Dios ha dado”. Dios me amó tanto que me dio a Jonatán como amigo. Ciertamente, sin él no habría podido sobrevivir a los ataques de Saúl en contra de mi persona. Después de la muerte de Jonatán en la batalla en el Monte de Gilboa y mi ascensión al trono de Israel, yo gastaría mucha energía buscando un pariente suyo al que podría demostrarle lo que la amistad de Jonatán significó para mí. Como lo diría la versión de la Biblia Reina Valera 1960, escrita 2.600 años después, nuestras dos almas quedaron ligadas en amor (1 Samuel 18:1).

Si usted tiene un amigo así, le insto a hacer todo lo posible para que alimente y proteja esa relación. Si usted ha perdido un amigo así, ningún precio será demasiado grande de pagar para reconciliarse. Dios le ha dado a cada uno de sus amados un Jonatán. Quién sabe si él o ella estaban destinados a ser de usted.