El Relato de Ester. Parte 3

PARTE 3

CAPÍTULOS 4 AL 7

El frustrado plan para asesinar al rey se puede comparar con la experiencia de la salvación de ustedes. Recuerden, debido al oportuno aviso de Mardoqueo, los dos oficiales que conspiraban para matar al rey fueron descubiertos y sentenciados a morir. Muchas traducciones de mi relato dicen que ellos fueron ahorcados, pero en esos días el ahorcar tenía un significado diferente del que tiene hoy día. Significaba que las personas eran clavadas a un poste de madera y dejados allí hasta que muriesen, y eso fue lo que les sucedió a esos dos conspiradores. Era una forma primitiva de crucifixión, y eso le salvó la vida al rey. El evento fue luego anotado en el libro de las crónicas del rey.

Debido al pecado de ustedes, el cual es representado por esos dos oficiales, ustedes también estaban señalados para morir. Pero el Espíritu Santo intervino y el pecado de ustedes fue tratado de la única forma posible. Fue clavado a la cruz y ustedes fueron salvados de morir. Ese evento luego fue escrito en el Libro de la Vida del Cordero.

Cuando el rey hizo a Amán su consejero principal y le otorgó poderes para actuar en nombre del rey, eso es un símbolo de cuando el hombre le entrega su naturaleza pecadora a su comportamiento. Los creyentes algunas veces se sorprenden cuando descubren el alcance que tiene su naturaleza pecaminosa para controlar sus respuestas a los eventos en sus vidas. No se dan cuenta de que mientras son salvos eso les da el derecho de escoger un nuevo Consejero, y que tienen que tomar esa decisión diariamente para luego seguir Su consejo y poder así disfrutar de una vida victoriosa. (Si ustedes están empezando a sospechar que mi historia es un modelo del Libro a los Romanos, me está entendiendo.)

Uno de los primeros actos oficiales de Amán fue montar una estratagema para deshacerse de Mardoqueo y de todos los judíos, un hecho simbólico de los intentos de la naturaleza pecaminosa de deshacer toda la obra regeneradora del Espíritu Santo en la vida del creyente.

Cuando Mardoqueo me dijo lo que Amán había hecho, me dolió profundamente en mi corazón. Y cuando me dijo que yo podía salvar a mi pueblo acercándome al rey, me morí del miedo. Le recordé que nadie, ni siquiera la reina podía acercarse al rey sin ser primeramente llamada. Una visita intempestiva sin ser anunciada era una ofensa castigada con la muerte y el rey no me había llamado en más de 30 días. ¿Quién sabía si lo haría más?

Mardoqueo no se impresionó. Él me dijo bruscamente que Dios no desperdicia ninguna oportunidad en el avance de Su Reino simplemente porque nuestro desgano nos impide la oportunidad que tenemos de participar. Si yo no ayudaba a salvar a mi pueblo, el Señor levantaría a alguien más que lo haría. Pero, me dijo, que no debía siquiera pensar que yo escaparía de este peligro simplemente porque era la reina. Después de todo yo era judía. Y además, ¿quién podía decir que yo no había sido elevada a esta posición cabalmente para un momento como este?

“Está bien”, le dije “Haz que todos los judíos en la ciudad ayunen durante tres días y tres noches. Mis siervas y yo haremos lo mismo. Al final de ese tiempo iré a ver al rey a pesar de que eso es en contra de la ley. Si muero, pues moriré”. Mardoqueo salió e hizo todo lo que le pedí.

Al tercer día, con mi corazón latiendo tan fuertemente que todos los que estaban a mi alrededor podían escucharlo, me vestí con mis ropas reales y llegué al patio interior de la casa del rey, enfrente del aposento del rey. Él estaba sentado en su trono frente a la entrada. Cuando me vio se puso de pie y sus ojos brillaron cuando sonrientemente gesticuló para que yo entrara. Mi vida había sido perdonada, por lo menos durante ese día.

“¿Qué tienes, reina Ester, y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará”, me dijo. Por ley hasta la mitad del reino es lo que al rey le está permitido ofrecer a alguna persona, así que esa fue una buena señal. Pero todo lo que yo pedí fue tener el placer de su compañía en un almuerzo privado esa tarde, junto con el permiso de poder invitar a Amán también, el cual alegremente aceptó.

Después de la comida, cuando el rey y Amán disfrutaban conmigo de la bebida, el rey volvió a preguntarme qué era lo que yo quería que él hiciera por mí, y de nuevo me ofreció la mitad del reino. “Vengan a cenar conmigo de nuevo mañana en la noche” les dije. (Yo quería asegurarme que el rey estaba en verdad siendo sincero en su oferta de hacer cualquier cosa que yo le solicitara.) “Si esto es del agrado de ustedes, entonces mañana les diré lo que quiero”. Ambos aceptaron mi invitación a otro almuerzo y salieron.

Amán verdaderamente estaba lleno de sí mismo después de ese almuerzo. “La reina invitó solamente al rey y a mí”, se jactaba ante las personas que lo escuchaban. Pero más tarde, cuando salió por la Puerta del Rey, Amán observó que Mardoqueo rehusó inclinarse ante él y se volvió a llenar de cólera. Quejándose largamente y en voz alta con su familia sobre la insubordinación de Mardoqueo, finalmente se alegró con la sugerencia de su esposa de construir una horca grande a la mañana siguiente y pedirle permiso al rey para colgar en ella a Mardoqueo por rehusarse a obedecer la orden del rey. Contrató a los operarios y construyó la horca ese mismo día. (Como lo expliqué antes, el colgarlo en ella significaba clavarlo a ella.)

Esa noche el rey no pudo dormir, y después de estar dando vueltas en la cama, pidió que le trajeran los registros históricos de su reino para leerlos creyendo que eso le ayudaría a relajarse. Pero cuando escuchó la porción sobre el complot del asesinato que Mardoqueo había descubierto, salvándole así la vida, se sentó en su cama y preguntó cómo se le había honrado a Mardoqueo por ese acto de lealtad.

“Creemos que nada se hizo”, le respondieron sus asistentes. Pero ya casi era de mañana, así que el rey preguntó si había algún oficial presente en el patio interior en ese momento. Luego de buscar, le reportaron, “Amán acaba de llegar”. (Amán había llegado temprano para pedir permiso de poder colgar a Mardoqueo tan pronto como pudiera.)

Llamando a Amán para que entrara, el rey le preguntó cómo debían honrar a alguien que le había hecho un gran servicio al rey. Amán asumió que el rey estaba planeando honrarlo a él, así que le dijo, “Que le vistan con ropas reales y lo monten en uno de los caballos del rey. Luego que uno de los oficiales más confiables lo lleve por la ciudad proclamando a gran voz de que eso es lo que se le hace a la persona con la que el rey se deleita en honrar”.

“Qué gran idea”, le dijo el rey, “Antes de que hagas algo más, haz eso que has dicho con Mardoqueo”.

Amán enmudeció. Él había llegado temprano creyendo que obtendría permiso para ejecutar a su archienemigo de primero, y ahora a él se le estaba ordenando que lo honrara personalmente en nombre del rey, a plena luz del día y frente a toda la ciudad. ¡Qué humillación! Amán aun estaba gimiendo y quejándose con su familia luego de haber obedecido la orden del rey, cuando mis siervos fueron por él para traerlo al almuerzo.

Él desconocía que sus problemas estaban apenas comenzando. Después que comimos, el rey volvió a preguntarme cuál era mi deseo, y por tercera vez me ofreció la mitad del reino. Ya en este momento yo sabía que sus intenciones eran sinceras, y a pesar de que sentía mariposas en mi estómago, mi voz estaba tranquila cuando le conté cómo mi pueblo había sido puesto para ser exterminado. Le dije que si solamente lo hubieran puesto en esclavitud, yo no habría pensado molestarlo, pero no podía permanecer pasiva y permitir que mi pueblo fuera masacrado sin yo hablar.

Pude ver la asombrada mirada de Amán cuando por primera vez yo revelé mi verdadera nacionalidad. Él no tenía la menor idea que había sentenciado a muerte a la amada del rey en su vil complot en contra de mi pueblo.

¡El rey se puso furioso! “¿Quién es la persona que se ha atrevido a hacer cosa semejante?” exigió que le dijeran.

Le respondí, “El adversario y enemigo es el vil Amán”.

Amán estaba blanco del miedo. El rey saltó y salió del cuarto. Amán sabía lo que le esperaba y, abrazándome me rogaba que le perdonara la vida. Por el ímpetu de su ruego perdimos el equilibrio, terminando sobre el sofá en el que yo estaba sentada, con él encima de mí. En ese momento regresó el rey. Parecía que Amán me estaba abusando, y para el rey eso fue lo que rebalsó la copa. Rugió furioso y los guardas prendieron a Amán y lo quitaron de sobre mí. Uno de los guardas le dijo al rey que Amán acababa de construir una horca grande para ejecutar a Mardoqueo. Apuntando un dedo a Amán, el rey gritó, “Cuélguenlo a él en su lugar”. No se llevó a cabo ningún proceso judicial aquí, no hubo un sinfín de argumentos sobre los puntos más finos de la ley, no hubo ninguna deliberación de un jurado. La palabra del rey era la ley.

El mismo día que colgaron a Amán en la horca que había construido para Mardoqueo, la ira del rey se calmó. Luego procedió a confiscar todas las propiedades de Amán, las cuales eran muchas, y me las obsequió junto con el dinero que tenía. Le presenté a Mardoqueo y por primera vez le revelé nuestra relación familiar. Recordando su fidelidad, el rey nombró a Mardoqueo a la posición que Amán había dejado vacante, como consejero principal, dándole el anillo oficial que había tomado del dedo de Amán. Esto le daba autoridad a Mardoqueo para actuar en el nombre del rey. Yo también puse a Mardoqueo a administrar mi recién adquirida riqueza.

Al escuchar a su espíritu, el hombre finalmente aprende de las verdaderas intenciones de la naturaleza pecaminosa. Pero el sentenciar a muerte a la naturaleza pecaminosa no es suficiente. Usted debe de instalar al Espíritu Santo como su Consejero Principal, dándole la autoridad para que pueda actuar. A pesar de que Él está sellado dentro de usted al momento de su salvación, usted aun debe de ponerlo a cargo de todas sus cosas. Es que no se trata de cuánto del Espíritu está en usted. El asunto es cuánto de usted está en el Espíritu. Mardoqueo siempre estuvo allí para el rey. Su creciente influencia sobre los asuntos del reino representa el mover del Espíritu Santo para estar con usted, tal y como lo estaba antes de que usted fuera salvo, luego a estar en usted, cuando así sucedió en el momento de su salvación, y después a estar sobre usted cuando lo autorice a que gobierne su comportamiento. Solamente entonces es que usted comenzará a actuar en Su poder.

Es como cuando el Señor Jesús les dijo a Sus discípulos, “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero” (Mateo 12:43-45).

Usted no debe dejar vacante la posición del Consejero Principal. Ya sea que nombre al Espíritu Santo, o la naturaleza pecaminosa regresará a nombrarse a sí misma.

Y este no es el final de mi relato, solamente el principio del fin. Mi pueblo no está fuera de peligro aun. Todavía tenemos que superar el problema de la orden de exterminación en contra nuestra la cual ni el mismo rey puede revocar. Y, como veremos, la naturaleza pecaminosa tiene un descendiente el cual también debe de ser condenado a morir. Lo que sigue les va a asombrar y les dejará pasmados.