El Relato de David – Parte 7

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Miércoles 24 de febrero de 2021

PARTE 7

2 Samuel 5—7

Mi primera tarea después que me convertí en rey, era empezar a capturar las porciones de la Tierra Prometida que nunca antes habían sido reclamadas, o que se habían perdido en batallas. Ya habían pasado varios cientos de años y ya era mucho tiempo para no haber completado la obra iniciada por Josué.

Cuando los filisteos se enteraron de mis planes, reunieron un gran ejército en contra mía. En su derrota en Bet-san, Saúl había perdido mucho territorio en la parte norte del país, y los conquistadores filisteos no querían que yo lo recobrara. Ellos pensaron que un ataque anticipado sería su mejor defensa. Pronto se reunieron para la batalla en el Valle de Refaim, así que consulté al Señor y Él me dijo “Ve por ellos”. Así que salimos a la batalla y los derrotamos completamente.

Cuando los filisteos se reagruparon en el valle por segunda vez, el Señor me indicó que los rodeara por detrás y que esperara. Luego Él mismo empezó la batalla. Yo no se lo que Él hizo, pero ciertamente les metió un miedo terrible. Botaron todo lo que llevaba, incluyendo sus ídolos preciados, y salieron huyendo. Nosotros los perseguimos hasta Gezer. Entonces quemamos todos sus ídolos y esta vez no volvieron a atacarnos.

La ciudad amurallada de los jebuseos, la cual llamamos Jerusalén, era un obstáculo formidable, pero con la bendición del Señor, la pudimos conquistar. Entramos a la Fortaleza de Sion y después que la ampliamos y fortificamos, la llamé la Ciudad de David. Hoy día, la Ciudad de David es un pequeño suburbio al sur del Monte del Templo, en la grandemente ampliada Jerusalén, pero el nombre de Sion ha permanecido con nosotros y se refiere a todo Jerusalén, y en algunos círculos, a todo Israel.

Una vez que estas áreas fueron capturadas y aseguradas, recibí una delegación de Hiram, rey de Tiro. Él quería construirme un palacio, lo cual fue la primera señal de un reconocimiento internacional de mi reinado. Para Hiram eso tenía sentido. En primer lugar se encontraba la ruta terrestre del sur a Egipto y más allá. Esta pasaba a través de Israel, y él quería estar seguro de que siempre estaría abierta a sus mercaderes. Y en segundo lugar, muchos de los alimentos que consumían los fenicios les llegaban del norte de Israel. Sin estos, ellos morirían de hambre. Fenicia era una franja de tierra muy angosta, en la costa del mar Mediterráneo y no tenía suficiente campo para tener áreas de cultivo para alimentar a su propia gente.

Por estas dos razones, su supervivencia dependía en las buenas relaciones con su vecino del sur, y, de hecho, desde mis días hasta el cautiverio en Babilonia, 400 años más tarde, Israel y Fenicia fueron los mejores amigos. Por supuesto, ustedes conocen hoy a Fenicia con el nombre de Líbano, y tristemente, las cosas son muy diferentes hoy día.

El rey Hiram envió madera selecta de cedro (por la cual Líbano es famoso) y carpinteros y canteros para que construyeran un bonito palacio para mí. En mis días, la residencia de un rey era el símbolo principal de la legitimidad de su mandato, por eso yo acepté este regalo como una señal de que el Señor me había bendecido para subir al Trono de Israel.

Cuando el palacio estuvo terminado, me mudé de Hebrón a Jerusalén y pronto tomé más concubinas y esposas. Mi familia creció muy rápido y así se llenó nuestra nueva residencia.

Una vez me establecí, decidí traer el Arca de Dios a Jerusalén también. Recuerden que el Tabernáculo había sido trasladado a Nob después de que los filisteos había derrotado a Saúl en Silo y se habían robado el Arca. El problema al que se enfrentaron con este símbolo robado del poder de nuestro Señor, produjo que la devolvieran rápidamente, pero Saúl la había dejado a cargo de un levita llamado Abinadab en Quiriat-jearim, una ciudad en territorio de Benjamín al norte de Jerusalén.

Construí un vagón nuevo, tome varios hombres conmigo, y fuimos a traer el Arca a Jerusalén. Parecía que todo Israel se nos había unido, cantando y danzando mientras tocaban sus instrumentos musicales. Bajando una colina, los bueyes que jalaban el carro tropezaron y Uza, uno de los hombres que guiaba el carro, de manera instintiva extendió su brazo para estabilizarlo. De inmediato murió. Solamente ciertos miembros de la familia de Leví estaban autorizados para tocar el Arca, y Uza no era uno de ellos.

Ese incidente me infundió mucho temor al punto que dejé el Arca en la casa de Obed-edom rehusando llevarla a Jerusalén. Allí estuvo por tres meses, mientras yo intentaba descifrar qué es lo que había sucedido. Quizás estaba haciendo algo que estaba en contra de lo que el Señor quería.

Finalmente, cuando me contaron cómo la casa y la familia de Obed-edom había sido bendecida por tener el Arca en su casa, decidí que estaba bien traerla a Jerusalén. Esta vez sí lo hice correctamente. Llevé hombres que sí estaban autorizados a tocar el Arca y transportarla. Cada vez que avanzaban seis pasos, los detenía y sacrificábamos un buey y un carnero engordados. Luego procedíamos en la marcha, con toda la gente gritando y las trompetas sonando. Yo dancé con todas mis fuerzas a la cabeza de la marcha.

Arribamos sin problemas y coloqué el Arca en una tienda que había mandado a hacer especialmente para albergarla. De nuevo, sacrificamos al Señor, tanto ofrendas quemadas como ofrendas de comunión. Bendije a todas las personas en el Nombre del Señor y distribuí un pan, y pasteles y dátiles y pasas a todas las personas que estaban presentes.

Después de la celebración, mi esposa Mical me regañó furiosamente. Me reclamó que mi danza era vulgar y vergonzosa, ya que solamente vestía un efod de lino, que es una prenda que se usa normalmente debajo de la ropa. Me dijo que había hecho el ridículo frente a todas las criadas, exponiéndome de esa manera frente a todos.

Yo le respondí que estaba danzando para el Señor y que estaba dispuesto a humillarme aun más si eso le complacía a Él. Su arrebato de ira debe de haber enojado al Señor, porque de allí en adelante ella fue estéril el resto de su vida.

Un tiempo más adelante, luego de haberme establecido y el Señor habernos dado la paz con todos nuestros vecinos, me incomodó que yo viviera en un palacio de cedro fino, mientras el Arca de Dios estaba en una tienda. Le hablé al profeta Natán sobre el asunto y esa misma noche el Señor me respondió por medio del profeta.

El señor dijo, “Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? Ciertamente no he habitado en casas desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he andado en tienda y en tabernáculo. Y en todo cuanto he andado con todos los hijos de Israel, ¿he hablado yo palabra a alguna de las tribus de Israel, a quien haya mandado apacentar a mi pueblo de Israel, diciendo: ¿Por qué no me habéis edificado casa de cedro?

Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel; y he estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra.

Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te daré descanso de todos tus enemigos.

Asimismo Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.

Y tal y como el Señor le ordenó hacer, Natán me repitió todas estas palabras.

Luego fui ante el Señor y entré a la tienda de Su Arca, y dije, “Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová? ¿Y qué más puede añadir David hablando contigo? Pues tú conoces a tu siervo, Señor Jehová. Todas estas grandezas has hecho por tu palabra y conforme a tu corazón, haciéndolas saber a tu siervo.

Por tanto, tú te has engrandecido, Jehová Dios; por cuanto no hay como tú, ni hay Dios fuera de ti, conforme a todo lo que hemos oído con nuestros oídos. ¿Y quién como tu pueblo, como Israel, nación singular en la tierra? Porque fue Dios para rescatarlo por pueblo suyo, y para ponerle nombre, y para hacer grandezas a su favor, y obras terribles a tu tierra, por amor de tu pueblo que rescataste para ti de Egipto, de las naciones y de sus dioses. Porque tú estableciste a tu pueblo Israel por pueblo tuyo para siempre; y tú, oh Jehová, fuiste a ellos por Dios.

Ahora pues, Jehová Dios, confirma para siempre la palabra que has hablado sobre tu siervo y sobre su casa, y haz conforme a lo que has dicho. Que sea engrandecido tu nombre para siempre, y se diga: Jehová de los ejércitos es Dios sobre Israel; y que la casa de tu siervo David sea firme delante de ti.

Porque tú, Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica. Ahora pues, Jehová Dios, tú eres Dios, y tus palabras son verdad, y tú has prometido este bien a tu siervo. Ten ahora a bien bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca perpetuamente delante de ti, porque tú, Jehová Dios, lo has dicho, y con tu bendición será bendita la casa de tu siervo para siempre.

¡No lo podía creer! Yo le había pedido al Señor construirle una casa y en lugar de ello, Él me prometió construirme una casa a mí. Desde este momento en adelante, todos los reyes de Israel descenderían de mí. Sus promesas serían parcialmente cumplidas a través de mi hijo Salomón, el siguiente rey de Israel, el cual construiría el Templo del Señor en la Tierra. Pero el cumplimiento final será cuando el propio Hijo de Dios venga a la Tierra a reinar, no solamente sobre la nación de Israel, sino también sobre todo el mundo. Y Su Reino no tendrá fin, como tampoco le será entregado a nadie más. ¡Nuestro Dios es un Dios admirable!